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Hay personas que pasan
media vida creyendo que
son un fracaso moral y
social, cuando en realidad
están enfermas.
Quizás no enfermas como lo entiende generalmente la gente, no con un hueso roto,
ni fiebre, sino enfermas por dentro, en
su mente. En ese lugar invisible donde
todavía seguimos creyendo que todo se
arregla “echándole ganas”.
Conozco la historia de un hombre que, durante
más de una década, pensó que era un irresponsable y
un vividor. Un hombre que sentía que no pertenecía
a este mundo. Se resignó a creerlo porque era más
fácil aceptar eso que entender por qué su mente no
se apagaba nunca.
Le dijeron de todo: Irresponsable, alcohólico,
mujeriego, vividor, mantenido, huevón… pero nunca
bipolar. Pasó por más de seis psiquiatras y más de
ocho psicólogos. Le recetaron ansiolíticos, antidepresivos, clonazepam, pastillas para dormir, pastillas
para despertar, pastillas para soportar el día y otras
para intentar sobrevivir la noche. Aun así, nadie
parecía hacerse la pregunta correcta:
¿QUÉ ESTÁ PASANDO REALMENTE AQUÍ?
La medicina moderna puede curar algunas enfermedades y manipular mercados, pero sigue llegando
tarde cuando se trata de entender el sufrimiento mental humano. Y mientras tanto, miles de personas
siguen caminando por la vida creyendo que son débiles, irresponsables o incapaces de amar realmente,
cuando llevan años peleando una enfermedad que
nadie fue capaz de detectar.
Dentro de las personas puede haber una guerra
tan ruidosa que hace que esta termine buscando
silencio en cualquier parte: en el alcohol, en el sexo,
en el trabajo, en el juego, en relaciones destructivas,
en desvelos interminables, en medicamentos, en
hierbas alternativas; en cualquier cosa que calme,
aunque sea cinco minutos una mente que no deja
de correr.
Hay personas que no están buscando placer,
sino solamente silencio, cambiando esto todo. Sin
embargo, también hay que aprender a comprender a
esas personas. Entender que no son desobligadas ni
desinteresadas, ni tampoco personas que no aman
a sus familias y a sus seres queridos.
Hay días en los que una persona simplemente no
tiene fuerzas ni para verse al espejo, ni ganas de saludar, ni de mantener una conversación. Hay ocasiones
en que simplemente no puede convivir donde todo
el mundo parece obligado a verse feliz… pero, aun
así, la sociedad sigue empujando como si fuera todo,
una cuestión de “échale ganas”. Siendo que muchas
veces no lo es.
Muchas personas terminan “empastilladas” o alcoholizadas solamente para poder soportar un evento
social, una junta o una comida familiar sin quebrarse
por dentro. Lo más duro es que mucha gente vive así
sin que nadie lo note; artistas, empresarios, políticos,
presidentes, padres de familia, personas exitosas,
gente admirada.
Por fuera parecen tener el control absoluto de su
vida, pero por dentro, siguen siendo niños muertos
de miedo intentando que no se les note el temblor en
las manos. Todo esto porque vivimos en una sociedad
donde admitir miedo, ansiedad o tristeza todavía se
interpreta como debilidad.
Entonces aprendemos a actuar, a fingir, a decir:
“todo bien”, aunque por dentro sintamos que nos
estamos cayendo a pedazos.
Hay una frase terrible que escuché alguna vez sobre
un hombre en su lecho de muerte. Una frase que no
he podido olvidar: “Quisiera arrancarme la cabeza
porque ya no aguanto mis pensamientos.”
Eso no debería parecernos normal, ni mucho
menos pasar desapercibido. Y sin embargo… pasa
todos los días.
daniel.cavazos.a@gmail.com
Escritor, comunicador
y observador de la condición humana. A través de
“Netamorfosis Podcast” y “Un Observador Analítico”,
explora la filosofía, la psicología, la espiritualidad y la
cultura contemporánea. Su trabajo fomenta la reflexión y
el diálogo sobre las ideas que moldean nuestra realidad.
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