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Un padre para cada hijo | NAYO ESCOBAR | Julio 2020


La búsqueda de nuestra esencia

Un padre para cada hijo

Con el tiempo me di cuenta del amor tan grande que me tenías, de tu sufrimiento y preocupación de verme descarrilado y entendí tu plan de retarme para sacar lo mejor de mi.

Recuerdo verte hacia arriba con gran admiración, cada paso que dabas aprendía de ti. Me encantaba esperar a que llegaras del trabajo, para enseñarte alguna cosa que había aprendido a hacer, platicarte mis fantasías y escuchar tus historias. Cuando intentaba hacer algo nuevo, imaginaba que me estabas viendo y me daba orgullo hacerlo bien.

Pasó el tiempo y mi admiración bajó, ya no te veía hacia arriba, cuestionaba tu comportamiento, te ocultaba las cosas y muchas veces no quería inclusive que llegara la hora de verte. Peleábamos todo el tiempo y constantemente me decías que yo estaba mal, me retabas y comparabas con los demás. No comprendía lo que sentías al verme caminando sin rumbo, no tenia idea que tus enojos, eran gritos de impotencia al no saber cómo encaminarme. Aun así, mis acciones iban direccionadas a tratar de sobresalir para agradarte, venían a mi imágenes viéndote gozar mi esfuerzo y eso me daba paz.

Luego llegó un día en que te vi cansado, sin ganas, sin alegría, me platicaste que tenías miedo de perderlo todo, que el negocio no estaba funcionado, pero que mañana seria otro día, que te sentías orgulloso de mi y que confiabas en que llegaría muy alto.

Al día siguiente, al estar llegando a mi oficina, el teléfono sonó, era mi madre con voz temblorosa, pidiendo que regresara a casa porque mi padre estaba muy mal; se me paró el corazón. Durante el trayecto, me imaginé mil cosas, trataba de calmarme pero los nervios y la incertidumbre iban más rápido que mi mente.

Llegando a casa, me encontré con mi madre quien confirmó lo que más temía. Mi padre, mi ídolo, el porqué de mis esfuerzos, se había ido. En ese momento entendí lo que significaba que se te viniera el mundo encima, abracé a mi madre pidiéndole que me dejara verlo. Al entrar a su recámara yacía tendido en su cama ya sin vida, con los ojos cerrados y con una expresión de impotencia. Tomé su mano diciéndole que se fuera tranquilo ya que yo me encargaría de la familia. En ese momento, tuve un descanso en mi pecho y tomé el camino de la aceptación y crecimiento, proponiéndome firmemente el no convertirme en víctima. 

Con el tiempo comprendí muchas cosas. Me di cuenta del amor tan grande que me tenías, de tu sufrimiento y preocupación de verme descarrilado y entendí tu plan de retarme para sacar lo mejor de mi. Dios no se equivoca y nos pone en la vida a un padre para guiarnos, a veces sufriendo, otras gozando, pero siempre caminando.

Gracias Papá
Te Amo  


Leonardo Escobar

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Es un empresario músico y escritor regiomontano