JULIA LAGE | La música como propósito y poder transformador | ROBERTO GARZA | Abril 2024

Carta a Jaime Sabines | SAMUEL RODRÍGUEZ | Octubre 2023

Carta a Jaime Sabines

Nos han hecho creer que Jaime Sabines murió un 19 de marzo de 1999 en algún hospital de la Ciudad de México. Estoy convencido de que esto es falso. Es imposible que Jaime Sabines esté muerto, su poesía de sangre y enfrentamiento aparece en la lengua del que ama, en el corazón en llamas de quien ha visto morir a su padre, en el humo del cigarrillo de los amantes, entre el pasto de los cementerios.

Jaime Sabines no puede morir. Un día dejó de necesitar su cuerpo, pero eso es otra cosa. A menudo, lo encuentro en las calles, luchando su batalla contra la hipocresía eterna de este México insensato.

No te has muerto, Jaime. En tus versos nos dijiste que los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan, pero nunca nos dijiste que los amorosos son los que mueren. Estás condenado a andar entre nosotros, a vivirnos. Fuiste muy valiente, decidiste marcharte en el inicio de la primavera; un poeta que cierra los ojos justo cuando la vida revienta en toda su plenitud, en toda su intensidad, es un poeta muy sabio. Entiendo que quisiste dejar que la naturaleza hablara, con cantos y con flores como escribe Nezahualcóyotl. Quizá cerraste los ojos porque sabías que tu poesía es una poesía de inviernos, de cuevas profundas, de oscuridades, una poesía de enfermedades que curan, de vientos arrebatados que levantan al caído.

Tu poesía es el alacrán que vive debajo de la almohada, es esa piedra de sol iluminada por la luz moribunda de la última luna del siglo. Está bien que te hayas ido en primavera, eres un hombre que conoce sus límites y tu límite reposa en la aparición total de la vida. Extrañamente, tus poemas se agitan en la muerte, la meditan, la penetran, la hieren. Así viviste, noche y día horadando la dulce, amarga y necesaria sombra de la muerte, por eso la primavera te hace huir, te lastima. 

Permíteme confesarte que cuando de verdad estoy mal, cuando la vida se me viene encima con golpes imparables, acudo a ti, a tu sabiduría agria, a tus palabras inmensas, a tus poemas imposibles, a esos versos que suenan como balas el día de la guerra. Milagrosamente me recupero, porque en tus poemas se agita mi vida, y es eso lo que aligera mis pasos sobre la tierra. 

Te confieso también que aprendí a recorrer el mundo con tus libros bajo el brazo; de ti aprendí a comer de los frutos de la noche, me enseñaste a pronunciar las palabras del amor, me enseñaste que la música de Bach mueve cortinas y que no hay mejor estimulante que la luna, en dosis precisas y controladas. Creí en ti, en la melodía asesina de tus versos, en tu silencio grave, en tu mirada serena que siempre tuvo el poder de desnudar a los miserables. Viste la vida y nos contaste de ella, y yo me sentaba a junto a ti, sin que me vieras, derrotando al tiempo y al espacio, y ahí, en tu regazo, alcancé a ver que a los demonios propios es imposible darles muerte, entendí que la razón siempre se queda dormida justo cuando la noche se convierte en un huracán, me revelaste serenamente que el amor es una dulce daga envenenada con la que todos los días nos suicidamos.

A finales de marzo los políticos se acuerdan de ti, conmemoran tu muerte y recitan tus poemas solemnemente como si fueras un santo en su cueva. Te conocen poco, tu poesía es tan verdadera que se hunde en el lodo de la existencia, anda por la calle y es dichosa y triste como un niño perdido; es una poesía libre, imperfecta, turbulenta, fatal como una puñalada por la espalda.

Los poetas no mueren, los matan los actos públicos, los matan las estatuas, las placas de honor, los mata la tristeza de un mitin político. Tu poesía resiste en nosotros porque le canta con alegría al que sueña con los ojos abiertos. Tus poemas dan luz a los días de los olvidados, a los rechazados por las academias; tus poemas son esa marea iridiscente que ilumina a las barcas que van a la deriva. Leerte es declarar abiertamente el triunfo de las cosas sencillas.

Cada vez que alguien se acerca a un poema tuyo, o de Miguel Hernández, o del invencible Whitman, despiertas de tu sueño, entonces tu mirada se renueva y hasta los desventurados sienten nuevamente ganas de vivir. 

No estás muerto, Jaime. No descanses en paz, poeta. No te permitimos la muerte, ni ahora, ni nunca.


Samuel Rodríguez Medina 
Email: samuelr77@gmail.com 
Instagram: @samuelrodriguezdiciembre

Profesor de Arte, Cine y Estética en el ITESM campus Monterrey. Cuenta con un posgrado en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Granada. Su más reciente publicación literaria es el libro de cuentos “La Ausencia” editado por Arkho Ediciones en Buenos Aires Argentina.