Carta a Jaime Sabines
Nos han hecho creer que Jaime Sabines murió un 19 de marzo de 1999 en
algún hospital de la Ciudad de México.
Estoy convencido de que esto es falso.
Es imposible que Jaime Sabines esté
muerto, su poesía de sangre y enfrentamiento
aparece en la lengua del que ama, en el corazón
en llamas de quien ha visto morir a su padre, en el
humo del cigarrillo de los amantes, entre el pasto
de los cementerios.
Jaime Sabines no puede morir. Un día dejó
de necesitar su cuerpo, pero eso es otra cosa. A
menudo, lo encuentro en las calles, luchando su
batalla contra la hipocresía eterna de este México
insensato.
No te has muerto, Jaime. En tus versos nos dijiste que los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan, pero nunca
nos dijiste que los amorosos son los que mueren.
Estás condenado a andar entre nosotros, a vivirnos. Fuiste muy valiente, decidiste marcharte
en el inicio de la primavera; un poeta que cierra
los ojos justo cuando la vida revienta en toda su
plenitud, en toda su intensidad, es un poeta muy
sabio. Entiendo que quisiste dejar que la naturaleza hablara, con cantos y con flores como escribe
Nezahualcóyotl. Quizá cerraste los ojos porque
sabías que tu poesía es una poesía de inviernos, de
cuevas profundas, de oscuridades, una poesía de
enfermedades que curan, de vientos arrebatados
que levantan al caído.
Tu poesía es el alacrán que vive debajo de la almohada, es esa piedra de sol iluminada por la luz
moribunda de la última luna del siglo. Está bien
que te hayas ido en primavera, eres un hombre
que conoce sus límites y tu límite reposa en la
aparición total de la vida. Extrañamente, tus poemas se agitan en la muerte, la meditan, la penetran, la hieren. Así viviste, noche y día horadando
la dulce, amarga y necesaria sombra de la muerte,
por eso la primavera te hace huir, te lastima.
Permíteme confesarte que cuando de verdad
estoy mal, cuando la vida se me viene encima con
golpes imparables, acudo a ti, a tu sabiduría agria,
a tus palabras inmensas, a tus poemas imposibles,
a esos versos que suenan como balas el día de la
guerra. Milagrosamente me recupero, porque en
tus poemas se agita mi vida, y es eso lo que aligera
mis pasos sobre la tierra.
Te confieso también que aprendí a recorrer el
mundo con tus libros bajo el brazo; de ti aprendí
a comer de los frutos de la noche, me enseñaste a
pronunciar las palabras del amor, me enseñaste
que la música de Bach mueve cortinas y que no hay
mejor estimulante que la luna, en dosis precisas
y controladas. Creí en ti, en la melodía asesina
de tus versos, en tu silencio grave, en tu mirada
serena que siempre tuvo el poder de desnudar a
los miserables. Viste la vida y nos contaste de ella,
y yo me sentaba a junto a ti, sin que me vieras,
derrotando al tiempo y al espacio, y ahí, en tu
regazo, alcancé a ver que a los demonios propios
es imposible darles muerte, entendí que la razón
siempre se queda dormida justo cuando la noche
se convierte en un huracán, me revelaste serenamente que el amor es una dulce daga envenenada
con la que todos los días nos suicidamos.
A finales de marzo los políticos se acuerdan
de ti, conmemoran tu muerte y recitan tus poemas solemnemente como si fueras un santo en su
cueva. Te conocen poco, tu poesía es tan verdadera que se hunde en el lodo de la existencia, anda
por la calle y es dichosa y triste como un niño perdido; es una poesía libre, imperfecta, turbulenta,
fatal como una puñalada por la espalda.
Los poetas no mueren, los matan los actos públicos, los matan las estatuas, las placas de honor,
los mata la tristeza de un mitin político. Tu poesía
resiste en nosotros porque le canta con alegría al
que sueña con los ojos abiertos. Tus poemas dan
luz a los días de los olvidados, a los rechazados por
las academias; tus poemas son esa marea iridiscente que ilumina a las barcas que van a la deriva.
Leerte es declarar abiertamente el triunfo de las
cosas sencillas.
Cada vez que alguien se acerca a un poema
tuyo, o de Miguel Hernández, o del invencible
Whitman, despiertas de tu sueño, entonces tu mirada se renueva y hasta los desventurados sienten
nuevamente ganas de vivir.
No estás muerto, Jaime. No descanses en paz,
poeta. No te permitimos la muerte, ni ahora, ni
nunca.
Email: samuelr77@gmail.com
Instagram: @samuelrodriguezdiciembre
Profesor de Arte, Cine
y Estética en el ITESM campus Monterrey. Cuenta
con un posgrado en Filosofía Contemporánea por la
Universidad de Granada. Su más reciente publicación
literaria es el libro de cuentos “La Ausencia” editado por
Arkho Ediciones en Buenos Aires Argentina.