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Tarea pendiente | IGNACIO MENDOZA | Abril 2023


Corriente alterna

Tarea pendiente 

En las dos entregas anteriores de esta columna sugerí pautas para una mejor vivencia de la cultura como práctica social y pública, cuestiones que derivaron de un análisis al contexto que derivó de la pandemia a nivel mundial y nacional.

Como era de suponerse, este ejercicio me llevó al escenario local y, por ello, propondré lo que me parece ser una tarea pendiente para el escenario cultural de Nuevo León.

Primero que todo, es necesario referir que no podremos avanzar si antes no reconocemos las condiciones de nuestra circunstancia como comunidad. Eso implica preguntarnos si realmente conocemos a nuestra cultura, es decir, lo que nos define como nuevoleoneses.

Un acercamiento a ese ángulo tiene que ver con el conocimiento y valoración de nuestro patrimonio tangible e intangible. Lo menciono porque, en la primera de las dos categorías citadas, si bien es cierto que existen programas y actividades donde se manifiesta una toma de consciencia -e incluso un orgullo- por el tema (ahí está la magnífica iniciativa del Día del Patrimonio de Nuevo León), también es verdad que existen monumentos y restos arqueológicos que aún no han sido debidamente estudiados, valorados o incluso potenciados (¿imaginamos, por ejemplo, museos de sitio en espacios tan diversos como la casa de Aramberri o los panteones Dolores y Del Carmen, o paraderos turísticos en La Huasteca o La Hacienda del Muerto?), lo cual también aplica a otras expresiones intangibles –como la tradición oral o las expresiones de música popular- que ameritan un estudio al margen de sesgos. Ambos ángulos de nuestra riqueza cultural constituyen un potencial que no hemos dimensionando quizá por miopía política o –en el peor de los casos- por el desconocimiento de aquello que nos constituye.

Pero que eso haya estado sucediendo no nos condena a mantenerlo como tal; sólo es cuestión de atrevernos a pensar diferente y, en especial, a darle la oportunidad a aquellas expresiones que suelen pasar de largo cuando hablamos de expresiones culturales o artísticas.

Un ejemplo de lo anterior sería nuestra gastronomía. Se trata de una expresión cultural que tiene un enorme potencial. Hay mucho por rescatar en las estufas de los barrios y ejidos, mucho por conocer sobre los productos de la región, mucho por estudiar en las herencias judías y árabes que aparecen en nuestros platillos típicos y, también, mucho por reconocer en lo que hemos asimilado de cocinas que desde hace tiempo conviven en nuestros fogones, como serían las cocinas norteamericana, cubana, venezolana y haitiana.

Estoy seguro que, si nos atreviéramos a explorar esas aristas de la gastronomía nuevoleonesa, encontraríamos una magnífica oportunidad de negocio, sí, pero en especial un buen elemento a favor de la cohesión social, y eso que podemos hacer con la cocina también lo podríamos aplicar a otras expresiones de nuestra cultura.

Por otro lado, nuestros museos también ameritan una revisión infraestructural y de vocación. Esos espacios son activos con grandes posibilidades de dar mejores servicios pero requieren de nuestra participación por medio de sinergias estratégicas con universidades, organizaciones y centros de estudio, campañas de donación, revaloración de su papel en la comunidad e incentivos de toda clase. Hecho esto, podríamos pensar en una mayor difusión de sus vocaciones y, particularmente, en dinámicas que les ayuden a ser espacios autosustentables, de modo que puedan evolucionar hacia nuevos conceptos de carácter horizontal e incluyente, tal como ya sucede en otros países. 

Por último, algo relevante: frente a las crisis económicas, los cambios socio políticos y, en especial, frente a una terrible pandemia que nos arrebató muchas vidas e ilusiones, la comunidad cultural y artística no ha fallado en su compromiso con la gente; por el contrario, ha trabajado a contracorriente y sin otro ánimo que el de registrar nuestro pensar y sentir a través de su inventiva y talento. 

¿Qué ha pasado entonces con las autoridades culturales, qué han hecho ante estos escenarios? Ciertamente, han generado iniciativas y acciones con las cuales pretenden ciudadanizar la vida cultural y artística, y eso es loable… pero todavía falta mucho por hacer, sobre todo porque el concepto de “ciudadanización” suele prestarse, en el peor de los escenarios, a la comisión de prácticas o situaciones reprobables, como que el Estado se lave las manos de hacer algo que le corresponde o que se aprovechen las estructuras y contenidos del aparato cultural para fines políticos, de causa o partidistas.

Así, es necesario que, en el replanteamiento de nuestra nueva forma de comprender y vivir la cultura, los ciudadanos busquemos que se abran espacios de participación activa con las autoridades para así generar programas, proyectos y dinámicas que fomenten el valor estratégico de la cultura como motor de nuestra identidad, del potencial económico y social que existe en nuestras prácticas artísticas, de nuestra creatividad, auto estima y bienestar como colectivo y, por último, de la preservación de nuestro patrimonio artístico, arqueológico, natural e histórico.

Lo anterior implica una revisión y reconocimiento al carácter esencial de nuestra cultura. Para lograrlo se requiere que nos acerquemos -sin prejuicios- a aquello que nos define. Lo que resulte de esa revisión se debe trasladar a la normativa y estructura de las autoridades culturales, esto con el ánimo de que sus contenidos consideren lo que realmente nos define, atañe y urge. 

Sólo así podremos hablar de una verdadera participación ciudadana y democrática en donde cabrán todos los actores y sectores que integran a Nuevo León. Esa es una práctica que -por cierto- puede realizarse desde ya, a través de foros o plataformas convocados por la ciudadanía con el objetivo de registrar las ideas para luego compartirlas con las autoridades, personajes u organizaciones y así construir un producto común. Esa es la tarea pendiente. No es sencilla, pero tampoco imposible.  


Ignacio Mendoza 
Instagram: @ignaciomendoza.consultor 

Docente y consultor académico y cultural. Ha sido Premio Nuevo León de Literatura y Director de Cultura en el Municipio de Monterrey. También se ha desempeñado como profesor de Letras Hispanoamericanas, y prepara actualmente su segunda novela.