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Por debajo de la mesa | DIANA ELISA GONZÁLEZ | Diciembre 2022


La exquisitez de ser nosotrxs

Por debajo de la mesa

El año termina y pareciera que todo lo que fue, ocurrió en un parpadeo. Ante una ansiada normalidad que nos abrió la puerta, muchos se desbocaron y otros tantos siguen observando temerosos desde la rendija. Como sea, ha sido un año para lamer heridas y tomar vuelo. ¿Hacia dónde? Quién sabe, bien dicen que lo importante no es llegar sino disfrutar el trayecto.

Este trayecto en el año que concluye, nos ha servido a muchos para buscar esa página que dejamos de escribir y queremos ya dejar que sea un pendiente. Todo lo vivido en estos últimos años ha mostrado nuestra vulnerabilidad constatada ante el virus, pero también ante la situación de violencia en el mundo, la crisis económica, la crisis climática… ¿cómo no íbamos a entrar en crisis emocional?

Lo descubro en los más jóvenes, en los más viejos y en mí misma, con la sensación que a veces tengo de que todo se reseteó y estamos aprendiendo nuevamente a sentir y dejar ser.

No exagero. Grandes amistades dejaron de serlo, grandes intereses dejaron de importarme, y me siento diferente aunque no precisamente mejor. Es difícil dejar de sobre-pensar las cosas, pero debo repetirme que hay que ocuparse solo del hoy, porque el mañana es un “quien sabe”.

En fín, “Año nuevo, vida nueva” decía mi abuela, y que ganas tengo de que así sea. Cerrar página a esas historias inacabadas, sacar del estatus de pendiente todo eso que por incomodidad prefiero dejar para después, o finalmente llevar a cabo esos planes con los que he fantaseado tanto tiempo y que siguen deambulando en el filosófico “ser o no ser, he ahí el dilema”.

Pues sí. Ya me cansé del autoboicoteo. Quiero ser y defender ser, a pesar de mí misma, de mis críticas autodestructivas, o del bajoneo que me llega cada vez que algo no me sale por más que lo intente. Simplemente no me tocaba. 

Hace poco escuché que debemos trabajar por hacer sentir orgulloso a nuestro yo de la niñez y de nuestra vejez. Con el yo de la niñez, porque hoy encarnamos sus sueños; con el yo de la vejez, porque seremos su historia.

Esto me hizo buscar mis recuerdos de infancia y hay uno recurrente: una niña que solía esconderse por debajo de la mesa y espiar a través del mantel como único espacio personal. Recuerdo a esa niña tímida, introvertida y temerosa que se la pasó viendo como era la vida de los demás, pensando que a ella no le ocurrirían nunca esas cosas que observaba.

Hoy, a través de este escrito, abrazo a esa niña y le digo que aunque esa timidez y miedos heredados no son algo que deba seguir cargando, debe dejar de mirar por debajo de la mesa donde se escondía a los demás, y echar a correr de ese espacio simbólico. Que debe darse la oportunidad de observar desde afuera sin miedo a equivocarse y abrazar todas esas cosas que tanto se critica a si misma y que debe reconciliarse: con su cuerpo, con sus decisiones, con su historia. 

Que ha caminado y que algo ha avanzado. Que aunque hay cosas que le han tomado más tiempo que a los demás, ha sabido llegar y saborear; y que esas lluvias, vientos e intensos soles la han hecho más fuerte, más sabia, más bruja. Que la película no se acaba hasta que se acaba, y aún hay páginas en blanco en las que podrá reescribir y reinventarse. 

Ojalá que mi “yo” de la vejez, se sienta algún día orgullosa. 


Diana Elisa González Calderón 

Docente e investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de México.