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Adolfo Bioy Casares y su fantástico Diario de la guerra del cerdo | JAVIER VILLANUEVA | Diciembre 2022

Adolfo Bioy Casares y su fantástico Diario de la guerra del cerdo

En El Diario para un Cuento, el último texto del último libro de Julio Cortázar (1914- 1984), el narrador se declara, ya en las primeras líneas del informe, sus dificultades para empezar a escribir: “A veces, cuando no puedes hacer nada más que empezar un cuento como quise empezar este, es precisamente en esa hora que quisiera ser Adolfo Bioy Casares. Me gustaría ser Bioy porque siempre lo admiré como escritor y lo estimaba como persona, a pesar de que nuestras respectivas timideces no nos ayudaron a ser amigos, además de otras razones de peso.”

Y entonces recordamos que el cuento Enoch Soames, de Max Beerbohm, lleva directo a Adolfo Bioy Casares. Es la historia de un escritor que vende su alma al diablo para saber si su obra todavía es importante un siglo después de su muerte. Quien tradujo tal historia solo podía ser un curioso excepcional con un estilo ardiente y sosegado. Alguien que, por ser tan amigo de Borges solo podía producir los cuentos del propio Bioy Casares, un caballero de prosa elegante que oculta infiernos, audacias y pasiones.

El argentino Adolfo Bioy Casares publica en 1969 su Diario de la guerra del cerdo. En él se lee la ficción de un momento de Buenos Aires en que un movimiento juvenil irracional persigue y mata a las personas mayores de edad, porque son improductivas, inútiles y una carga para la sociedad.

Bioy Casares tenía 55 años cuando lanzó el libro, que expresa preocupación por su propio envejecimiento. Isidoro Vidal, el personaje principal, es un hombre en conflicto al pasar de la edad adulta a la vejez. Las charlas entre Vidal y sus amigos hablan de la sordera, la dificultad para dormir, los dientes postizos, y lo peor, la incontinencia urinaria y la impotencia sexual.

Sus amigos, Jimi, Néstor, Dante, Arévalo y Rey lo llaman “don Isidro”. Vidal vive en un conventillo de la Recoleta, cerca del Parque Las Heras. Isidorito, su hijo, es vigilante nocturno en una escuela. Vidal, abandonado por su esposa cuando Isidorito era niño, convive en el conventillo con su hijo.

El primer capítulo del libro adelanta el drama de la historia. A Vidal le duelen los dientes y su vecino Bogliolo le indica un dentista. Vidal oye al profesional que le explica que a los viejos las encías se les ablandan, pero la ciencia ofrece un remedio práctico: “extraer toda la dentadura y reemplazarla por una más apropiada”.

Luego de pasar por esta carnicería, Vidal vuelve a casa. Al día siguiente se despierta con fiebre y se queda en cama. Pero al otro día, “el miércoles 25 de junio, decide poner fin a esa situación. Iría a la cafetería a jugar el truco habitual. Piensa que por la noche sería el mejor momento para encontrarse con amigos”. Entra al café y se encuentra con Jimi, que también había pasado por el mismo sufrimiento odontológico.

Los amigos se tratan entre sí como “los muchachos”, palabra que trae un deseo inconsciente de ser jóvenes. Así, las charlas sobre el envejecimiento se repiten a lo largo del Diario. En la noche del 25 de junio, en pleno invierno, después de tomar Fernet, –bebida popular en Argentina, hecha de diferentes hierbas y alcohol–, comer queso y maní, jugar al truco –que Vidal siempre dierde–, el grupo se va a casa. Pero cuando están por salir, el vendedor de diarios, don Manuel, entra al café, se toma un vino y se va.

En las calles “los muchachos” enfrentan un frío helado; dicen frases ingeniosas y se provocan entre ellos. Mientras se divierten, un grito los sorprende. Primero piensan que están matando a un perro, un gato o un ratón. Pero a medida que caminan, ven un grupo de jóvenes, armados con palos y hierros, que golpean a alguien. Es el vendedor de diarios, don Manuel. “Vidal vio que el pobre anciano estaba de rodillas, su torso inclinado hacia adelante, su cabeza destrozada, protegida con manos ensangrentadas”. No había tiempo para salvar a don Manuel, que ya estaba muerto.

Alejándose, Vidal ve a una pareja que mira y desaprueba el crimen. “El joven, con gafas, llevaba libros debajo del brazo; ella parecía una chica decente. Buscando el apoyo de los jóvenes, Vidal comenta: “¡Qué ensañamiento!” La joven dice: “Estoy en contra de cualquier violencia”. Tratando de ganar su solidaridad, Vidal dice: “No podemos hacer nada, pero la policía, ¿de qué sirve?”. Pero el joven lo mira y le advierte: “Abuelo, este no es momento para discutir. ¿Por qué no se va antes de que pase algo?”. Vidal va a su casa, pero no puedo dormir esa noche.

Al avanzar el Diario de la guerra del cerdo vemos al hijo de Vidal, Isidorito, y al de Néstor, junto a los jóvenes que matan a los mayores. El movimiento se llama Jóvenes turcos, y su jefe ideológico es Arturo Farrell, un líder que inflama los ánimos en su programa radial. Acá está el contexto histórico del libro, publicado en 1969, con referencias de la década de1940. “Arturo Farrell” combina los nombres de dos protagonistas políticos de Argentina.


El general Arturo Rawson dio un golpe de estado en 1943, y fue derrocado ese mismo año por el “Grupo de Oficiales Unidos” (GOU) que, luego de un presidente interino, fue sucedido por el general Edelmiro Julián Farrell, presidente de Argentina desde 1944 hasta 1946, cuando empieza la era de Perón. A su vez, el Movimiento Jóvenes Turcos nació en el ejército turco en 1908 con el objetivo de occidentalizar a Turquía. Eran oficiales formados en Alemania, interesados en la Revolución Francesa, Rousseau, Montesquieu y Víctor Hugo. Fue este movimiento, sin embargo, el culpable del Holocausto armenio de abril de 1915. Fue el genocidio del pueblo armenio en Turquía, en el que 250 intelectuales, religiosos y políticos fueron encarcelados y enviados al exilio, y la mayoría asesinada. En 1923 cerca de 1.5 millones de armenios fueron muertos de hambre, fusilados, quemados o decapitados.

El Diario de la Guerra del Cerdo narra la muerte de Néstor, quien fue al fútbol con su hijo y es asesinado durante un motín de la hinchada joven. En el velorio, “los muchachos” hablan sobre sus problemas y sobre el gobierno que retrasa el pago de las pensiones. Un joven entra en la conversación y dice: “Uno de estos días escuché sobre un plan compensatorio, la oferta de tierras en el sur a las personas mayores”.

Enojado, Dante grita: “¡Di simple y claramente que deportarán a los viejos en masa!” Y Rey agrega: “Como carne de cañón”. Arévalo concluye: “Para detener posibles infiltraciones de nuestros hermanos chilenos”. ¿Pretendía el gobierno enviar a los mayores a la Patagonia, al sur de Argentina, donde parte del territorio es un desierto y otro lleno de glaciares?

En este ambiente violento, el Diario también cuenta las relaciones amorosas y sexuales de los ancianos, llenos de conservadurismo, machismo y total falta de conocimiento del tema. Don Isidro, por ejemplo, lleva una relación de cercanía y de distancia con Nélida, una joven que quiere acercársele, pero él cree que es un amor imposible. Sobre las mujeres más jóvenes, Don Isidro dice: “Tenés que decirte que no son para vos. En cuanto las mirás demasiado, te convertís en un viejo repugnante”.

Adolfo Bioy Casares también escribió otro gran libro: La Invención de Morel, de 1940, que Jorge L. Borges llamó el “libro perfecto”. Pero cuando escribe el Diario de la guerra del cerdo, usa una serie de recursos, como el personaje-narrador del diario, que se identifica a sí mismo. Otras veces trata de distanciarse de los hechos; y hay momentos de la narrativa del Diario, en los que aparecen los sueños de Vidal, de tal modo que ciertos eventos se confunden con ellos. Toda la historia está marcada por un clima de pesadilla; descripciones de violencias físicas y simbólicas, como las ofensas verbales contra los ancianos y la exaltación de la juventud. También es curioso el título del libro, pues “Cerdo”, es el nombre del animal, pero también puede significar “capado”, un animal que engorda después de extraerle el órgano reproductor. Este, entonces, es un diario de la guerra contra las personas viejas, castradas sexual, económica y socialmente.

El Diario del Cerdo muestra el cinismo de los jóvenes, que dicen que son “en contra de la violencia”, pero se quedan socialmente mudon. Y denuncia las dificultades de la gente mayor para luchar por su propia defensa. Bioy Casares describe ese dilema, que es la dificultad para identificar y protegerse de “los enemigos mortales de los ancianos”. 


Javier Villanueva
blog.javier.villanueva@gmail.com 
www.albertointendente2011.worldpress.com 

Argentino, establecido en Brasil, profesor de idiomas, editor, traductor, escritor y librero. Investigador y conferencista de temas hispanoamericanos y de la historia y las culturas de los pueblos nativos. Autor de más de una centena de libros didácticos publicados en Brasil, y de dos colecciones de cuentos en Argentina.