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Editorial: La vida no necesita ser visible para ser real | ROBERTO GARZA | Mayo 2026

La vida no necesita ser visible para ser real

Estamos acaso viviendo… o simplemente aprendiendo a parecer que vivimos?

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que nuestra vida sucedía antes de ser contada. Una época, en que el momento se vivía sin necesidad de ser ofrecido al juicio de una audiencia invisible. ¿En qué momento la experiencia vale solo si alcanza a volverse imagen?

Plataformas digitales como Instagram o TikTok no inventaron la vanidad, pero sin duda la perfeccionaron, convirtiéndola en un lenguaje que se convertiría después hasta en un método. ¿Será que cada gesto, paseo o convivencia requiere ser captado y compartido, antes incluso de existir en nuestro universo?  

La estetización de la vida no es solo una moda, ojalá lo fuera, sino una forma de pensamiento donde todo se vuelve inmediato, superficial, y breve. La profundidad, cuando aparece, debe ser comprimida en segundos, porque si su longitud se extiende, quizás nunca se conozca, y por ende tampoco exista; recordándonos esto al gran escritor colombiano Gabriel García Márquez cuando utilizaba la frase “Lo que no se comunica no existe”, al referirse a la importancia de la comunicación. 

Y es así como al pasar de los días, nos acostumbramos a las secuencias de momentos impecables, no contradictorios y ajenos al desgaste real del paso del tiempo. Lo imperfecto no desaparece, simplemente se oculta fuera del cuadro virtual que resume nuestra vida. 

Lo interesante de todo esto es la gran paradoja que se genera, ya que nunca habíamos tenido tantas herramientas y foros de comunicación, y sin embargo la expresión ahora es uniforme, impersonal, superficial y monótona. 

Nuestro estilo sin darnos cuenta, se diluye en tendencias replicables que parecieran coreografías virales en fórmulas que nos prometen visibilidad.

¿La originalidad? De esa vieja virtud tan celebrada en nuestra tradición artística mejor ni hablamos, ya que tristemente vemos cómo ha sido sustituida por la capacidad de adaptarse con rapidez al ritmo de lo que funciona, da “likes” y permite monetizar.

Sin embargo, el problema no es solo estético, sino de alguna forma estructural, ya que estamos adoptando una cultura donde cada acto es medido de acuerdo a su potencial para tener éxito en redes y no en base a la experiencia que genera. Estamos cada vez menos interesados en disfrutar el momento, prefiriendo mejor documentarlo para el consumo de los demás. El viajero ya no busca descubrir, sino encuadrar en su teléfono, el comensal ya no degusta su platillo, sino lo comparte con gente que ni conoce.

Tal vez nuestra tarea ahora sea recuperar ese equilibrio que parece que hemos perdido. Ciertamente, sin renunciar a la tecnología ni dar la espalda al mundo que nos rodea, pero tampoco sometiéndonos a lo que parece ser nuestra nueva realidad.

Quizás lo más importante sería recordar que la vida no necesita ser perfecta para ser valiosa, ni tampoco visible para ser real. ¿Estamos acaso viviendo… o simplemente aprendiendo a parecer que vivimos?

¿Usted qué opina?

robgarzagzz@gmail.com