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Carta a Sergio Canales
Merlín, Gandalf, Circe, Medea, David Copperfield, Yoda, Loki, Canales. ¿Canales? Si, Sergio Canales, el mago.
Un mago es un ser tomado por la maravilla, todo su cuerpo es visión de futuro, máquina portadora de luz, silencio expectante, aparición y destello. El mago no acepta la realidad, la modifica a su antojo, la seduce hasta hacerla estallar en un instante privilegiado. Algunos hacen magia con sus manos, otros con la mirada, otros con los dichos de su boca, unos más con los sueños o con pócimas inmemoriales. Sergio Canales hace magia con sus botas. En esa pierna zurda reverdecen los duros desiertos del norte. En sus pies la pelota es un artificio, su estilo de juego insinúa rebelión, y es que Canales hace del juego un muestrario de universos posibles. Es Mozart y Maquiavelo a un tiempo, Maquiavelo porque conspira contra el arco y Mozart porque imagina milagros en el verde campo sideral que es también su pentagrama.
Un mago es un antisistema, un mago es anarquía, defiende e impone su propio ritmo, hace del caos un poema, del ruido una música, del rumor una canción, de la pausa un abismo, del mar de piernas una pintura de gol irrepetible.
Pero hay que entenderlo, un mago no aparece todos los días, porque entonces no sería un mago, sino un operador de sistemas. Canales es como Riquelme, que aparecía en el momento inesperado, como el Diego que aparecía robándole la cartera los ingleses, como Iniesta que aparecía vengando la guerra de los ochenta años contra Holanda, como Butragueño que tenía la llave del área rival, como Hugo que se levantaba en el aire y volaba sobre todos los insultos del mundo en territorio hostil hasta clavarla en el ángulo de los estadios de España, como Jorge “el Mágico” González que jugaba cuando él quería, pero cuando quería seducía la retina del mundo entero, como Guillermo Luis Franco que se habló de tú con la divinidad, mientras violentaba la portería con una furia indomable.
Canales pertenece a esa estripe, a la estirpe de los que entienden que el mundo está ahí para reinventarlo, para revivir el amor por lo imposible. Ya hizo gol de todos los puntos del orbe: olímpico, de tiro libre, de cabeza, con la derecha, con la izquierda, con el ala, con la aureola, con el espíritu, con la otra vida, con la vida pasada, con la vida futura. Solo le falta un gol, solo uno, ese que deje su nombre grabado para siempre en la piel de la luna regia, en el pecho de los que aún no nacen, en la memoria de los vivos y en la meditación de nuestros muertos.
Solo te falta uno, Sergio, el gol total que invente el campeonato número seis.
Merlín, Gandalf, Circe, Medea, David Copperfield, Yoda, Loki, Canales. ¿Canales? Si, Sergio Canales, el mago, ese eres tú. Ahora te toca inventar una estrella.
Atentamente.
Samuel Rodríguez Medina.
Profesor de Arte, Cine y Estética en el ITESM campus Monterrey. Cuenta con un posgrado en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Granada. Su más reciente publicación literaria es el libro de cuentos “La Ausencia” editado por Arkho Ediciones en Buenos Aires Argentina.
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