La importancia del hábitat
Siempre ha existido un cierto grado de escepticismo
inteligente que nos ha llevado a negar, en el peor de lo casos, o
relativizar, en el mejor de ellos, la realidad que nos presentan...
Y es gracias a ese escepticismo que nos ha sido
menester investigar y
analizar más allá de lo que
lo habíamos hecho, en eras
de vender, persuadir o incidir en la
argumentación del otro. Este tipo de
relativismo escéptico e inteligente es
el que nos ha ayudado a mejorar en
lo individual y comunal.
Sin embargo, en el decurso del
siglo hemos ido migrando de un escepticismo inteligente a una argumentación identitaria, emocional y
dogmática, que ha dividido a los seres
humanos en un: ellos o nosotros.
Esta equivoca y miope separación
se radicalizo tanto, que hasta se llegó a creer que lo más inteligente
era mantener distancia de aquellas personas o grupos con los que
no se pudiera argumentar en base
a hechos y razones. Tan es así que
lo más común era escuchar la frase
de: cada uno con su vida o la de aquí
no juzgamos a nadie. Frases que en
sí mismas no son otra cosa más que
el disfraz elegante de: tu vida me
importa un carajo. El problema de
esta radicalización de unos y distancia de otros es que poco a poco
fuimos desarrollando una insensibilidad abúlica no solo a los abusos y
violaciones a la integridad de las
personas, sino también a las manifestaciones de violencia y criminalidad en la sociedad, al nulo hacer de
los gobiernos y, desde hace algunos
años, al poco valor que las empresas
le están dando al factor humano.
Fenómenos psicosociales. Cada
vez es más palpable el hecho de que
los seres humanos nos hemos centrado tanto en la fantasía que nos
brindan las pantallas de nuestros
aparatos, que hemos llegado a ser
más empáticos con lo que vemos en
ellas que con lo que le sucede a ese
otro de carne y hueso que interacciona con nosotros en lo comunal,
social o laboral (sensibilidad ante
las pantallas, insensibilidad ante las
personas).
Es común ver en aeropuertos,
restaurantes y cafés a parejas más
atentas al acontecer de sus pantallas que a la pareja en sí. Lo mismo
acaece en el combés de lo familiar.
Los miembros de esta han desarrollado una forma de vida en la que
irónicamente están solos, juntos…,
dedicándole más tiempo y atención
a las pantallas de sus aparatos que a
sus familiares.
A mayor vació existencial, mayor
uso de las redes sociales. Una persona con un alto sentido de misión,
poco tiempo y valor les da a las redes
sociales. Esto no quiere decir que no
tengan valor. Lo tienen. De hecho,
son muchas las empresas y agentes
empresariales que las usan como lo
que son: un medio para llegar a más
mercado. No obstante, la gran mayoría de las personas las usan como
divertimento. No para aprender, no
para hacer negocio, solo como distracción.
Lo cual nos hace patente otro
fenómeno más: la gente gasta más
tiempo y dinero en entretenimiento
que lo que invierte en educación. Lo
que la postre se verá reflejado en su
desarrollo personal y económico. A
menor preparación, menores posibilidades de identificar y capitalizar
oportunidades.
Cierto estoy de que no le estoy
diciendo nada que no sepa o de lo
que no esté consciente, sin embargo,
lo que me impulso a escribir estas
letras no es lo que está aconteciendo,
sino un fenómeno psicosocial que
está en gestación y que nos va a sorprender en los próximos años.
La riqueza la crean las personas,
no el dinero. La razón de mi afirmación obedece al hecho de que cada día
es más patente el que la insensibilidad abúlica con la que se vacuno el
ser humano en lo individual y que por
obvias razones se extendió al ámbito
de lo social y gubernamental, llego en
el último lustro de este siglo al combes de lo empresarial. Cada vez son
más las empresas a las que se les ha
olvidado que los negocios no se hacen
con dinero, se hacen con personas.
El factor humano, que dejo de
ser importante en lo individual, en
lo social y en lo gubernamental,
está perdiendo valor en el quehacer
empresarial. Y esto va a hacer que
poco a poco las personas regresen
al origen y retomen o formen nuevas creencias. Lo que los llevará a
manifestarse de formas no vistas
en la sociedad, en los gobiernos y en
las empresas. Cuando esto suceda
(y estamos en la ante sala de ello),
nos va a tocar ser testigos y actores
de tiempos convulsos en todos los
ámbitos del quehacer humano. Esto,
aun cuando aún no estemos del todo
conscientes, es algo que ya está en
marcha. Pero como todos los fenómenos psicosociales va a necesitar
de un amplio espacio de tiempo
antes de que sea palpable a todos.
En el inter va a ir creciendo la inconformidad de las personas y de la
sociedad, y con ella las presiones a los
gobiernos, en donde es factible que la
sociedad elija a personas cada vez más
autoritarias al frente de los gobiernos
o que estos, en un afán de esconder
sus incompetencias, desvíen la atención de sus ciudadanos a enemigos
externos, conflictuándose comercial,
política y diplomáticamente con otros
gobiernos (invención para la desviación). Ante esto es menester tomar en
cuenta que se nos vienen años convulsos de alta incertidumbre social, económica y política… Le corresponde a
usted decidir qué es lo que habrá de
hacer para sortear los tiempos que se
vienen.
Jaime RamosLicenciado en
Administración de Empresas con
especialidad en Alta Dirección AD-2
IPADE. Bibliófilo de natura, financiero
de oficio, antropólogo por vocación. Ha
sido consultor de empresas, bancos y
gobiernos. Actualmente se desempeña
como Asesor de Inversionistas de alto
espectro en el Mercado Secundario.