El desafío de Juancito y las
19 o 20 Plazas de La Plata
Pasamos tres semanas buscando un buen
lugar, y otras cuatro eligiendo a los participantes del torneo. Lo primero fue fácil:
algunos querían un estadio de fútbol o una
cancha de tenis. Al final venció lo más sensato, que era elegir una de las muchas Plazas San
Martín de Argentina, Uruguay o Chile.
Los motivos eran obvios, pues como sugirió nuestro
editor (mío y de Samuel Rodríguez Medina), Juancito
Maldonado, necesitamos por lo menos ocho esquinas
o vértices, en las puntas de dos grandes rectas, una
de norte a sur, otra de este a oeste, y dos diagonales
desde el NO-SE al SO-NE.
Primero elegimos - Juan y yo- la Plaza San Martín
de Lima. Pero los otros se opusieron; dijeron que por
ser editores y libreros habíamos propuesto la que
queda más cerca del jirón de las librerías. Además,
argumentaron, tiene una fuente en el medio y no
hay diagonales. Bueno, al final se impuso la súper
manzana de la ciudad de La Plata con sus 19 plazas
alrededor de la Plaza Moreno. Diagonales es lo que
no faltan en la capital bonaerense.
Tomamos la vertical N-S que va de Plaza Alsina
hasta Parque Castelli, y como horizontal O-E a Parque
Alberti y Plaza Matheu. Las dos diagonales fueron
Plaza Belgrano y Parque Saavedra para la NO-SE, y
Parque Vucetich y Plaza San Martín (ahora sí, una
plaza del Libertador), para la SO-NE.
Lo segundo, que era elegir a los que irían al torneo,
no fue nada fácil. Las comunicaciones para hallarlos
mezclaban el viejo e-mail, o correo electrónico, con el
más moderno whatsapp, y algunas cuantas sesiones
espiritistas y de candomblé afrobrasileño.
Los elegidos, luego de largas y penosas conversaciones, negociadas por Juancito Maldonado -al final
la idea loca era suya-, fueron ocho y no veinte, como
sugerían algunos alucinados, diciendo que al final
son veinte las plazas y parques en esa región de La
Plata. Se convencieron al llegar al séptimo invitado
en la cuarta semana de arduas negociaciones, y ver
que si conseguíamos el octavo participante ya iba a
ser mucho. Bien, los elegidos (aunque ellos nos escogieron a nosotros) fueron Federico García Lorca, -
que después de siete tentativas vía espiritismo, al
final lo contactamos por medio de un anarquista
adepto al candomblé en Salvador, Brasil-, se ubicaría
al extremo norte; Pablo Neruda, - fácil de hallarlo
por los contactos espiritistas de Jorge Amado, en
Ilhéus-, se colocaría en la punta sur. Mario Vargas
Llosa iría al SO de la diagonal que termina con Julio
Cortázar al NE.
Al NO innovaríamos: un revolucionario que murió
joven, como la mayoría de ellos, Camilo Cienfuegos,
y en el extremo opuesto, al SE, otro militante de las
causas populares, el anarquista Buenaventura Durruti.
Al llegar a la recta N-S, que nuestra tradición cartesiana ve siempre como la más importante, tanto
que en la mayoría de las capitales del mundo siempre
aparece un “eje norte-sur”-, tuvimos un intercambio
de ideas con Juancito - que por ser el dueño de la
idea llevaba las de ganar; él argumentaba, con buen
tino que “...en el sentido de la primera diagonal, por
la larga línea, que abarca más de 20 siglos, debe ir el
barco de Homero, con Ulises a bordo, al encuentro de
un irlandés recalcitrante: James Joyce. Este recibe la
nave y se dispone a reparar y renovar, a su manera, lo
que será el nuevo barco, cuyo incierto viaje desconoce
el propio autor. Manos a la obra, construye, con la
ayuda de nuevos personajes, lo que será el itinerario de
nuevas páginas, para nuevos lectores. Joyce aprovechó
magníficamente el legado y recreó, artísticamente,
aquel precioso libro inicial”.
Los argumentos de Juancito eran irrefutables;
negociamos y yo me quedé con las ganas de ver realizada mi propuesta loca de poner al extremo oeste
a Jorge Amado y al este a Avellaneda, sí, aquel del
Falso Quijote II, el que le robó el sueño a Cervantes.
Bueno, quedará para el próximo torneo. Federico G.
Lorca, al norte, opuesto a Neruda, su gran amigo,
diametralmente diferente en casi todo, menos en su
admiración y cariños mutuos.
El centro del gran perímetro, la Plaza Moreno,
señorial, con una fuente y estatua, solo podría ser
ocupado por un personaje, Jorge Luis Borges, y allí
estaba, parado cerca de la piedra fundacional de la
ciudad. Interponiéndose entre Mario V. Llosa y Julio
Cortázar, contrabalanceando las tendencias revolucionarias del último con las inclinaciones fuertemente reaccionarias del primero, equilibrándose
con su sabiduría de “yo no entiendo nada de política,
pero...”, y elevándose muchos metros encima de la
estatua, con su dimensión de súper héroe de todas
las letras castellanas.
Y EMPIEZA EL JUEGO, QUE ES UN
DESAFÍO
Arranca M. V. Llosa desde la izquierda y de abajo,
y sube, cada vez más a la derecha. Se encuentra con
Borges, y recuerda que lo entrevistó, pero el viejo
ciego porteño se sorprende al notar una cierta falta
de habilidad del peruano: “me visitó un joven, creo
que era un corrector inmobiliario, porque solo se fijaba
en las incomodidades de mi casa”, dijo.
Desde la Plaza Moreno, Borges lo ve venir y piensa
que ya hubo una época mejor, en la que los escritores se admiraban entre sí, sin aquellas envidias
que mezclan el aprecio gentil y generoso con un celo
irracional. Sabía Borges que M. V. Llosa siempre fue
de los que esperan el libro ajeno para seguir con
pasión y sin desprecio a otro que no fuera él mismo.
De niño Marito leía a Neruda, al filósofo Jean-Paul
Sartre y a Gustave Flaubert; también retrató con amor
al autor de Cien años de Soledad y quiso a Juan C.
Onetti. Pero dicen que al que amó de verdad fue al
dios Borges por sobre todas las cosas. Sobre todos
ellos escribió Llosa libros formidables. Incluso sobre
Gabo, de quien fue amigo hasta que se cortó el afecto,
escribió Historia de un Deicidio. Pero no había escrito
un libro que pintara sus intercambios con el autor
de El Aleph, el argentino babilónico que deslumbró a
Vargas Llosa en los tiempos en que parecía una gran contradicción quererlo a la vez que se quería a Sartre. Y
mientras sube de la izquierda hacia la derecha, piensa
Marito V. Llosa que, sí, de veras que logró hacer un
buen espacio en su libro, - justamente al que llamó
Medio Siglo con Borges para narrar todas las rupturas políticas, que Marito conoce muy bien por su
lado, sus tentativas y fracasos-, y que aun así, piensa
que en Borges son debidas a su pura ingenuidad y
al desprecio al nacionalismo y a que vivió la política
como un odioso fantasma, con un gran disgusto por
las cosas de lo cotidiano y aquellas más concretas,
las que no tuvieran siglos de buena historia y varias
medallas en el pecho. Siempre adepto a recordar sus
raíces afianzadas en héroes militares y en prosapias
de nobles guerreros anglosajones, Borges cultivaba
acciones y actitudes como la del día en que se fue a
dar una charla en inglés, justo a la hora de un partido
del Mundial, entre Argentina e Italia, declarando a
quién lo quisiera oír que no sabía quién era Maradona.
Y pasa Marito al lado de Borges y traga saliva porque sabe que ahora viene lo peor, el otro fantasma de
su vida, porque mientras más sube hacia la derecha
del tablero, ahí nomás viene bajando Julio Cortázar,
cada vez más a la izquierda, él y su fascinación por
las revoluciones cubanas y nicaragüense, olvidándose de las viejas heridas del peronismo y abrazando
causas cada vez más populares. Julito, el de la Maga,
un espectro cada vez más en el camino opuesto al de
Marito V. Llosa, quien ni siquiera se considera más
latinoamericano, y larga su peruanismo ofendido por
la derrota ante la ultraderecha, y lo cambia todo por
una ciudadanía española. Y el fantasma de Julito va
llegando; ya no va atrás de la Maga, sino con una
nube negra en la cabeza, que son los recuerdos de
las palabras de Llosa en Córdoba, en el Congreso
de la Lengua: “¿Es la mejor obra de Cortázar? Yo creo
que no”, dijo Marito y dejó la sala llena de profesores
del idioma, la mayoría sus admiradores, cubierta de
un silencio inesperado. El flamante Premio Nobel
duda que Rayuela y el mismísimo Cortázar tengan
un lugar en el futuro. “Estoy seguro que Cortázar será
siempre leído, que tendrá siempre admiradores, devotos
y discípulos literarios, pero que probablemente el más
duradero, el Cortázar eterno, si es que hay eternidad en
el mundo de la literatura –algo que es muy discutible–,
será probablemente el de los cuentos”. Marito lo había
conocido bastante bien, según él mismo cuenta, en París
en aquel momento en que Rayuela tenía la fuerza de
una religión. “Es una novela rara, entre las novelas,
porque no expresa lo peor de la experiencia humana
sino lo mejor que hay en el ser humano. La gente que
vive en esas novelas, algunas son ingenuas, pero todas
son desamparadas, no acaban de entender y por eso han
creado su propio mundo, un mundo hecho de juego y un
mundo que expresaba a Julio Cortázar”.
¿Por qué habría dicho eso Vargas Llosa? se preguntaba Cortázar. Pero, por otro lado, también recordaba
haberlo oído decir - los fantasmas andan siempre
por todas partes-, siempre sobre Rayuela, que “Es
una novela de una gran libertad, que es la misma
libertad que Cortázar manifestaba en su manera de
vivir. Esta novela llegó a gente que no tenía relación
con la literatura, porque les tocó un centro nervioso
de la personalidad”.
Pero, y otra vez, ¿por qué después de elogiar “El
perseguidor”, la historia del Johnny Carter que Cortázar armó para homenajear a Charlie Parker, dice
Vargas Llosa que “Es uno de los cuentos más extraordinarios y no solo en lengua española”. En cambio,
insistió en decir que “Rayuela, a medida que pasen los
años, se hará cada vez más pequeña, en gran parte
por las imitaciones de la experiencia revolucionaria
que significó esta novela” ¿Qué significa esa nueva
ironía? ¿Envidia?¿Celos?
Tal vez fue por eso que al llegar al centro del enorme
cuadrado, donde todavía seguía sentado el fantasma
de Borges, Cortázar ni se detuvo a saludar a Llosa y
ni siquiera lo miró. Le dio un leve apretón de manos
a Borges, tan leve y rápido como puede llegar a ser un
saludo entre fantasmas, y se puso a pensar en García
Lorca y en Neruda, que luego se encontrarían allí
mismo, el primero llegando desde el norte, de Plaza
Belgrano hacia el Parque Saavedra, y el segundo, desde
el sur hacia arriba. El español y el chileno, buscándose
en la eternidad, como La Maga y Cortázar se buscaban
entre las calles de París, escondidos entre los libros
viejos de las librerías del Barrio Latino.
Neruda llega al centro del cuadrilátero con sus con
29 años y con un cargo de categoría para instalarse
en la embajada de Chile en Buenos Aires; era agosto
de 1933, pero para los fantasmas no hay tiempo ni
espacio. El fervor cultural en los cafés y librerías de la
capital argentina embrujaban al joven poeta chileno;
mientras que, llegando por el Atlántico, otro joven
poeta venido de España no traía en sus maletas demasiadas expectativas en el país elegido para estrenar
en América su Bodas de Sangre. Federico G. Lorca
tenía solo 35 años cuando pisaba por primera vez
Buenos Aires, y de pronto, sin saber cómo, estaba en
este juego, el desafío que Juancito había inventado,
andando por las regias plazas de La Plata. “Todas las
luces de la inteligencia lo vestían de una manera tan
espléndida que brillaba como una piedra preciosa.
Su cara gruesa y morena no tenía nada afeminado,
su seducción era natural e intelectual”, escribió de
inmediato Pablo Neruda cuando al fin lo cruzó, fantasmagórico pero entusiasmado, casi sin tiempo de
saludar a Borges, que seguía imperturbable, apoyado
en su bastón y la mirada indefinida de los ciegos.
No vio a Cortázar tampoco, que a pocos metros los
observaba a los tres. Neruda pensó su frase con las
primeras impresiones sobre García Lorca, las escribió
en un block de papel y las guardó en su sobre todo
negro. Esas pocas palabras solo se conocerían en 2017,
en un texto inédito, de quien fue uno de sus buenos
amigos. Una amistad tan intensa como breve, de solo
tres años, cortada brutalmente con el asesinato de
Lorca, en Granada, en 1936.
Al llegar a la mitad del camino y encontrarse los dos
fantasmas, el autor que poco antes escribiera “Versos
en el Nacimiento de Malva Marina”, en homenaje a la
hija de Neruda y Maruca Hagenaar, ya no estaba más.
Había sido fusilado por los fascistas en Granada. Al
estallar la Guerra Civil, por su conciencia política y
su amor al poeta gitano, Neruda apoyó a la República
Española y escribió su “Oda a Federico García Lorca”.
Dolor y rabia, dureza de la guerra que Neruda lloró
en “España en el Corazón”, de 1937.
“Está el público suficientemente desprovisto de
prejuicios para admitir la homosexualidad de Federico
sin menoscabar su prestigio?” le preguntaba Neruda
a su editor, poco antes de morir en septiembre de
1973, días después del golpe del asesino Pinochet.
Seis meses más tarde, al publicar Confieso que he
Vivido, el editor acepta las dudas del autor y corta
los trechos en que Neruda habla de los sentimientos
del poeta y de Rafael Rapín, el último amor del autor
de “Romancero Gitano”. Al encontrarse en la Plaza
Moreno, y después de un breve saludo de cabezas, el
chileno y el español, a Cortázar y a Borges, se miran,
se abrazan, con la demora y el afecto con el que pueden
abrazarse dos fantasmas inmortales, y desaparecen,
cabizbajos por las callecitas de La Plata.
“Desde mi más tierna edad, lo primero que vi a mi
alrededor fue el sufrimiento no sólo de nuestra familia
sino también de nuestros vecinos. Por intuición, yo
ya era un rebelde. Creo que entonces se decidió mi
destino”, decía en voz baja, - o pensaba- el anarquista
expropiador, amigo de los latinoamericanos y terror
de los fascistas de Franco, Buenaventura Durruti,
mientras iba desde la Plaza Matheu rumbo al NO,
sin saber que en el camino se encontraría con otro
revolucionario, mucho más joven, con más éxito en
su lucha, el cubano Camilo Cienfuegos.
Mientras camina, con toda la parsimonia con
que un heroico fantasma anarquista puede moverse
después de más de 80 años de su muerte, recuerda
aquel día triste, cuando a la una de la tarde del 19 de
noviembre de 1936 y en plena Batalla de la Ciudad
Universitaria de Madrid, poco menos de dos horas
después de un reportaje callejero para el noticiario
del Partido Comunista soviético, lo hieren de muerte
con una bala de dudosa procedencia en el pecho.
Y mientras baja hacia el SE desde la Plaza Alberti,
Cienfuegos recuerda cuando sale de Camagüey después de arrestar por orden de Fidel Castro al jefe
militar de la provincia, Huber Matos, quien el 19 de
octubre de 1959, se había distanciado del proceso
revolucionario enviando por segunda vez su carta de
renuncia a Fidel Castro por la declaración del carácter
socialista de la revolución cubana. El 28 de octubre
Cienfuegos murió en un accidente de aviación por
causa del mal tiempo cuando volvía de Camagüey a
La Habana, y toda Cuba se movilizó en su búsqueda
durante varios días.
Muertes polémicas las de Durrutia en 1936, y la
de Cienfuegos, veintitrés años después. Y recuerda
Marito V. Llosa, el único que vivió para contarla, como
diría G. Márquez, la película argentina “La Historia
Oficial”, cuando en una de las primeras escenas la
profesora de historia se encuentra en el cambio de
turno con el profesor de literatura, y este le dice: “la
historia y la literatura siempre se encuentran, ¿no?
Bordeando el Canal Este, por la avenida Génova
van ahora siete fantasmas y un viejo con apariencia
de joven. Los mortales solo lo ven a Mario V. Llosa,
pero cuenta Juancito que iban los cuatro rumbo al
Puerto de La Plata. “Antes era distinto, cuando podía
estar una tarde entera viendo pasar un tren cargado
de bananas: ciento cuarenta vagones cargados de
frutas, pasando sin parar, hasta cuando pasaba, ya
entrada la noche, el último vagón con un hombre
colgando una lámpara verde”, repite en voz baja, imitando la mirada ciega de Borges y el acento andaluz
de Lorca. “Ciento cuarenta vagones, la desmesura:
lo que era una imagen retórica en los relatos anteriores, se convierte en característica de la realidad
ficticia. Las dos épocas de Macondo, el apogeo y la
de cadencia, están claramente diferenciadas aquí”,
se acuerda Marito que escribió en su tesis doctoral
impecable sobre “Un día después del sábado”, y que
después publicó en 1971 con el nombre de “García
Márquez: Historia de un Deicidio”.
¿Y qué van a hacer al puerto los siete fantasmas,
al paso de Borges y su bastón, atrás de un hombre
vivo, canoso y casi de bronce? Pues nada menos, como
bien se imaginaba Juancito, al ver pasar a un irlandés
recalcitrante, James Joyce que se prepara para recibir
la nave de Ulises, se dispone a repararla y renovarla a
su manera, para convertirla en el nuevo barco, cuyo
incierto viaje desconoce el propio autor.
Justamente Joyce, piensa Borges, ¡Qué diferente
de aquellos autores que más les hubieran gustado a
Cienfuegos o a Buenaventura Durruti! al contrario
que un Mark Twain, o un Jack London proletario
y aventurero, Joyce solo estudió y escribió. Era una
especie de purasangre académico, con un currículum
lineal que de los claustros jesuitas fue a la universidad
y de allí a dar clases, y que se mudó de ciudad europea
en ciudad europea, y aun así, cuando le preguntaban
sobre la Gran Guerra solo comentaba “Ah, sí, he oído
decir que hay una guerra por ahí”. ¡Qué parecido al
Borges que todos amamos y nos gusta criticar por su
supuesta falta de contacto con la realidad de su época!
La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires,
tiene un diseño simétrico inspirado en las ideas
higienistas francesas de fines del siglo XIX, de gran
influencia en la Argentina. El cuadrado perfecto en el
que se proyectan las calles es atravesado por avenidas
y diagonales que se cruzan en un número de plazas
cada seis cuadras. Tienen formas variadas, enlazan
avenidas importantes, y dan acceso a grandes áreas
públicas verdes. Y en una de ellas se instala el barquito
de Homero, con Ulises a bordo, y va al encuentro del
irlandés, James Joyce, que repara la nave y la rehace
en un nuevo barco, cuyo viaje incierto desconoce el
propio autor. Ni él mismo se imagina que terminará
en un grueso volumen de setecientas treinta y dos
páginas. Y se acuerda Marito V. Llosa, otra vez de la
película argentina y del profesor de literatura que
dice: “la historia y la literatura siempre se encuentran, ¿no?”
Javier Villanueva
blog.javier.villanueva@gmail.com
www.albertointendente2011.worldpress.com
Argentino, establecido en Brasil,
profesor de idiomas, editor, traductor, escritor
y librero. Investigador y conferencista de temas
hispanoamericanos y de la historia y las culturas
de los pueblos nativos. Autor de más de una centena
de libros didácticos publicados en Brasil, y de dos
colecciones de cuentos en Argentina.