Roberto Bolaño en 2.666
“¿Nos traiciona la ética? ¿Nos traiciona el sentido del
deber? ¿Nos traiciona la honestidad? ¿Nos traiciona la
curiosidad? ¿Nos traiciona el amor? ¿Nos traiciona el
coraje? ¿Nos traiciona el arte?”.
Más o menos con estas palabras - estoy
traduciéndolas del portugués-, parte
un pensamiento del personaje Amalfitano, que habla con el fantasma de su
abuelo en el grueso volumen “2.666”,
de Roberto Bolaño. Y me doblo a la pereza de quedarme con mi propia traducción del portugués y no
ir directamente a la fuente, al “2.666” en español,
solo porque de los dos volúmenes, el de Alfaguara es
el más pesado. Tonterías que hago de vez en cuando.
Pero lo que importa es que pienso, creo, - no, estoy
seguro-, que entre los muchos buenos escritores
modernos, los más jóvenes, los de la generación de
mis hijos mayores, solo Samuel Rodríguez Medina,
es el que más se parece a Bolaño porque es el más
iconoclasta de todos. Solo él, digo, puede responder
a la artillería o batería de preguntas del inicio.
Repitiendo, con palabras más o palabras parecidas lo que decía unos tres o cuatro meses atrás, al
leer a algunos autores hispanoamericanos actuales,
podríamos pensar que las bellas artes, y las letras
entre ellas, deberían servirnos como puerto seguro.
Pero ya sabemos que el desencanto también llegó
a la literatura, y una prueba es que dos escritores
importantes en sus países, - y sigo autocopiándome- el
argentino Ricardo Piglia y el mexicano David Toscana, lanzaron sendos libros homónimos – “El último
lector”- casi simultáneamente en 2.005.
Pero, en medio de este paisaje casi sombrío, ¿qué
creen que me parece “2.666” del chileno Roberto
Bolaño? Voy a ser sincero: como soy librero, tengo el
gruesísimo volumen en castellano, en la única librería
dedicada al español en todo Brasil. Pero, aunque los
ejemplares llegan y se van de semana en semana, me
da pena ajar las hermosas 1.216 páginas del ejemplar
de Alfaguara, y por eso me compré, por unos módicos R$ 70,00 (unos 13 dólares, nomás) un ejemplar
usado y en buen estado de la obra en portugués, en
una edición de la prestigiosa Companhia das Letras
con solo 852 páginas, y de un peso levemente menor.
Debo reconocer que empecé a releerlo – ya lo había
hojeado antes, “en diagonal” y a las apuradas, con
aquella técnica perezosa que consiste en ver rápidamente el texto, enfocando en las palabras claves y las
ideas principales – y con bastante prejuicio, además.
Me gustan los iconoclastas, sí, pero reconozco que
tengo un suave barniz conservador, y el “bullying” de
Bolaño y Nicanor Parra contra Pablo Neruda (y otra
vez me acuerdo de Samuel) me divierte tanto como
el que le hacían el propio Neruda y Federico García
Lorca a Juan Ramón Jiménez, por celos, o porque
no aguantaban que se hubiera llevado el Nobel con
su “Platero y yo”. Me divierte la jocosidad antigua,
de tomarle el pelo o reírse de alguien por motivos
tontos y hacer de ello una fiesta de adolescentes o de
niños de la primaria. Pero, ya lo adelanté, todo eso
me crea un cierto prejuicio.
Y así empecé a leer “2.666”, y fui arrastrándome
por las primeras 200 páginas hasta que un personaje - Amalfitano - que hasta entonces me parecía
secundario, de pronto, como un camión que se aparece en una curva en contramano en un camino de
montaña, me atropella y me hace prenderme al libro
como una garrapata, o como el perro del cuento de
Jack London que tanto le encantaba a Lenin: “el perro
que se prende a su presa y no la suelta más”.
Es en la ciudad mexicana de Santa Teresa – tal
vez Ciudad Juárez- la que atrae como un imán a los
que hasta la página 182, exactamente, me parecían
ser los cuatro protagonistas indiscutidos de la larga
y hasta entonces bastante pesada historia, llena de
guiños eróticos y de academicismos.
El libro trata, básicamente, de cuatro críticos literarios europeos que van hasta Sonora buscando a un
fantasmal escritor desaparecido, Benno von Archimboldi, misterioso alemán cuya vida a veces se sospecha
apenas como un mito, y que solo se refiere al final de la novela. Es allí, en el árido (y también fantasmal) territorio norteño mexicano, que van
a conocer a Amalfitano, un profesor chileno
bastante abúlico y depresivo que, abandonado
por una esposa hippie y trotamundos, lleva a
su hija y se establece en la ciudad. Luego se
encontrará el chileno – como Roberto Bolaño,
vaya coincidencia- con el periodista estadounidense Oscar Fate que va a transmitir un
combate de boxeo, pasión que une a Bolaño
con Cortázar.
El relato se concentra en los crímenes
recurrentes que espantan a la población en
la frontera México-EEUU, y allí, como dicen
sus críticos, “con la precisión de un bisturí”,
Bolaño cuenta los asesinatos de mujeres en la
ficticia Santa Teresa y las inútiles investigaciones de la policía. Como no voy a contarles
toda la historia acá, entre otros motivos porque Bolaño quería dejar – y dejó- esta obra
monumental como herencia económica para su
familia, y es bueno que todos compren el libro,
voy a desviarme un poco para recordar que
Borges, en “El Arte y la Magia”, afirma que lo
fantástico está presente en la literatura desde
sus inicios, de forma más o menos explícita,
y lo sobrenatural es siempre algo vivo en los
más diversos relatos. Sin embargo, a partir
del siglo XVIII un gran número de escritores
adoptaron el género en sus obras, aun sin
nombre ni etiquetas que lo distingan. En el
siglo XIX nacen en América Latina los primeros textos de literatura fantástica. Más tarde
el género creció con los cuentos de Horacio
Quiroga, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges,
Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, etc. Otros,
como Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa y
Gabriel García Márquez, lo renuevan con una
narrativa que cambia el tono regionalista de
la producción literaria.
Pero ¿qué hace Bolaño, el iconoclasta, con este
género hiper publicitado? Simplemente, al mismo
tiempo que se ríe a carcajadas del Realismo Mágico
o Fantástico, nos contrabandea fantasmas, voces que
surgen en medio de la noche, artistas locos en el manicomio que seducen a mujeres frágiles como la esposa
de Amalfitano, etc., y todo esto, con descaro, mientras
nos trae de regalo el crudo realismo de las mujeres
asesinadas en Sonora. O sea, realismo mágico, puro
y crudo, pero escondido atrás de un enmarañado de
párrafos enormes, kilométricos, y aquella profusión
de adjetivos y adverbios que, en un Club de Escritura
Creativa, yo sugeriría jamás utilizar.
Lo fantástico es una experiencia de límites, de
contaminación de realidades. Más o menos como en
la frontera México-EEUU y como en cualquier otra
frontera caliente. Lo banal y común, y los hechos
extraordinarios, juntos, resaltan lo absurdo de la
condición humana y nos muestran cómo lo fantástico, en ambos escritores brasileños que mencioné
arriba, semejante al chileno casi mexicano Bolaños,
nos describen las intolerancias de la vida cotidiana.

Para no extenderme demasiado y no seguir escapándome por las ramas: “2.666”, me va pareciendo,
reconozco, — de a poco, o de golpe — la gran novela
póstuma que Roberto Bolaño se propuso escribir,
ya con la Parca a vista. En realidad, se trata de cinco
novelas de corto a mediano tamaño, hilvanadas en
un solo volumen enorme. Si se hubieran publicado
del modo original en que lo planeó el autor, una a
cada año a partir de la fecha de su muerte, la última
de las cinco novelas se hubiera publicado apenas en
el año de 2.008. Para quién quiera comparar obras
de un mismo autor - no es mi caso- “2.666” no es
mejor necesariamente que “Los detectives salvajes”,
que continúa siendo la favorita de la mayoría de sus
lectores. Pero, aunque Bolaño no logró revisarla y
corregirla como hubiera querido, y apresurado por
la enfermedad y la cercanía de la muerte, “2.666” es
una novela fundamental.
Y para quién se intrigue con el nombre, un enigmático número como el que se estampa en la tapa o
cubierta, no hay casi ninguna pista en el texto de la
novela que explique el porqué de la elección de ese
lejanísimo año futuro, el de “2.666”, como título de la
obra. En su “Nota a la primera edición”, Ignacio Echevarría recuerda que la fecha ya aparecía en “Amuleto”,
de 1.999. La narradora, Auxilio Lacouture, cuenta que
camina por el DF con Arturo Belano y Ernesto San
Epifanio, y que “la avenida Guerrero, (…) a esa
hora, se parece sobre todas las cosas a un
cementerio, (…) a un cementerio de 2.666, un
cementerio olvidado…”
De algún modo, en “2.666”, el desierto de
Sonora y la ficticia ciudad de Santa Teresa son
parte de los motivos del exilio y la errancia
(¿las del propio autor, que, nacido en Chile se
radica en México para morir en Barcelona?), se
asocian al nomadismo de quien emprende la
búsqueda del otro, y en ese marco, el desierto
es una promesa. El desierto y la frontera sórdida son espacios que permiten fugarse de
los desiertos modernos de la ficción, en los
que la literatura siembra – o hace de cuenta
que cree que siembra- en la tierra arrasada.
La enfermedad que acompaña a la obra
del escritor, además de representar su propia
dolencia física, es una lucha recurrente que
puede ser sinónimo de “resignación”, como en
el abúlico Amalfitano. Una vez identificada la
enfermedad, solo falta buscar su antídoto. Y tal
vez el viaje es la búsqueda de un antídoto para el
enfermo y, también para Bolaño, el proceso de
aprendizaje que debe atravesar el poeta, como
un Dante que baja a los Infiernos. Continuar
el camino es un paso en la búsqueda de una
cura y en el cumplimiento de las exigencias
para ejercer la misión de la literatura. “2.666”
es un asomo de la nueva novela hispanoamericana a sus antiguos caudales, los que buscaban
las fuentes de “2.666”, o “La guerra del fin del
mundo”, o “Ulises”, repletas de personajes memorables cuyas historias, cabalgando entre la risa
y el horror, se desplazan entre dos continentes
e incluyen un vertiginoso viaje por la historia
europea del siglo XX.
Cuando termine de leerlo -ahora ya no en
diagonal- tal vez piense que “2.666” como reza
el veredicto de Susan Sontag, es la obra del “más
influyente y admirado novelista en lengua española
de su generación “.
El Primer Manifiesto del Movimiento Infrarrealista, firmado por el chileno tiene una cita inesperada
de Drummond y algunos momentos luminosos: “La
ternura como un ejercicio de velocidad”, “Hasta las
cabezas de los aristócratas nos pueden servir de armas”,
“Nuestra ética es la Revolución, nuestra estética la Vida:
una-sola-cosa”, cuando propone hablar de “Nuestros
padres más cercanos”, enumera: “los francotiradores,
los llaneros solitarios en los cafés de chino de Latinoamérica, los destazados en supermarkets, en sus
tremendas disyuntivas individuo-colectividad […]”.
Ese es Roberto Bolaño. Hay que atreverse a leerlo.
blog.javier.villanueva@gmail.com
Argentino, establecido en Brasil,
profesor de idiomas, editor, traductor, escritor
y librero. Investigador y conferencista de temas
hispanoamericanos y de la historia y las culturas
de los pueblos nativos. Autor de más de una centena
de libros didácticos publicados en Brasil, y de dos
colecciones de cuentos en Argentina