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Las letras, ¿son desesperación o son esperanzas? | JAVIER VILLANUEVA | Septiembre 2023

Las letras, ¿son desesperación o son esperanzas?

Antonio Benítez Burraco, biólogo, filólogo y catedrático español de lingüística, señala que: “En un mundo (al menos el occidental) en el que todos acabamos comiendo lo mismo, escuchando músicas parecidas, viendo las mismas series en televisión, y sobre todo, pensando y opinando de forma semejante sobre cuestiones de más trascendencia (como el tipo de sociedad en que queremos vivir)”, paradójicamente, agrega, y aunque nos vamos asemejando cada vez más los unos a los otros, “con más ruido y furia, como diría Faulkner”, dice, defendemos con garras y dientes las pequeñas diferencias que nos separan. La compulsión identitaria “es uno de los síntomas distintivos de nuestra sociedad moderna.

Ya no somos individuos”, nos dice Benítez Burraco, sino más que cualquier otra cosa, parte de tribus o sectas, “miembros de algún colectivo (o de varios), que agrupa a personas con gustos sexuales semejantes, ideas políticas afines o intereses intelectuales parecidos”. Algo que agrupa los rasgos que por tradición conforman “la identidad cultural de las diferentes comarcas, comunidades o regiones”. 

Benítez Burraco habla de España cuando dice que esos segmentos regionales van dejando de tener el peso del pasado al irrumpir la globalización y, sobre todo, ante “una realidad líquida en la que las identidades cambian constantemente y se eligen al arbitrio de los deseos y los sentimientos del individuo, que son intrínsecamente mudables”.

Entonces, en un mismo territorio en el que conviven gente de diferentes y cambiantes identidades sexuales, culturales o religiosas, el idioma y las costumbres parecen ser lo único capaz de estructurar la identidad colectiva tan disminuida.

Los lingüistas afirman que dos códigos comunicativos son lenguas diferentes si sus usuarios no se entienden al tratar de comunicarse entre sí. “Según este criterio de la ininteligibilidad mutua, el vasco y el español serían lenguas distintas, pero no lo serían, en cambio, el catalán y el español”, continúa Antonio Benítez Burraco. Esa ininteligibilidad mutua no es un valor absoluto, porque cambia según el idioma que consideremos: a quien habla español le cuesta más entender el portugués hablado que el escrito, pues la fonética de estos dos idiomas difiere más entre sí que sus léxicos y gramáticas.

Pero, para salir un poco de la lingüística y enfocarnos en la literatura, digamos que al siglo XX le podremos reprochar muchas cosas, menos su falta de imaginación para la Utopía y su capacidad de ponerlas en práctica. La habilidad para soñar mundos mejores, casi perfectos, y de combatir (o de crear) pesadillas perdió fuerza hacia los ’90, y el siglo terminó en una democracia liberal que proponía, triunfante y a falta de otra opción, el fin de la historia.

Recordemos “El fin de la historia y el último hombre”, libro de Francis Fukuyama de 1992 y su polémica tesis que decía que la historia, como lucha de ideologías, había terminado, y un mundo final, democrático y liberal se había impuesto al terminar la Guerra Fría.

Sin embargo, ocurre que la historia no termina: es como el Viejo Topo, que a veces cava tan hondo que nos olvidamos de su existencia; y de pronto reaparece, surge de la nada; y nos damos cuenta de que tan solo hizo una pausa para ver de qué modo resurge; y se contradice, recula, se repite, progresa o retrocede, según el humor de cada nuevo siglo. Desde Shakespeare a nuestros días, el Topo es la metáfora del avance obstinado, de resistencias subterráneas y de irrupciones súbitas e inesperadas. Cava con paciencia sus galerías en lo oscuro de la historia, surge a veces en plena luz, en un acontecimiento, y rechaza resignarse a la idea de que la historia haya llegado a su fin.

Y así como nuestros años ’60 y ’70 fueron de dictaduras, represión a los pueblos y a sus vanguardias políticas e ideológicas; años de guerrillas y “boom latinoamericano” en la literatura, explosión del “realismo fantástico o mágico” y del arte contestatario en las plásticas y la música, así también los ’80 y ‘90 en América Latina fueron optimistas e impetuosos: las dictaduras militares cayeron una tras de la otra, y la democracia, vigilada y/o imperfecta pero novedosa, parecía afirmarse, prometiendo resolver de una vez por todas los males de la región. Muchos de los combatientes revolucionarios de la izquierda, derrotados de momento, pero victoriosos dentro de la nueva democracia, enterraron las armas y tomaron los teclados de las flamantes computadoras para volverse periodistas y/o escritores de la memoria.

Como dice el mexicano Federico Guzmán Rubio: “el salvadoreño Horacio Castellanos Moya (1957) y el chileno Roberto Bolaño (1953-2003), desde sus respectivas errancias, destierros y autoexilios –ambos abandonaron sus países y vivieron a salto de mata por medio mundo– convirtieron a los viejos combatientes revolucionarios de los ’60 y ’70 en materia literaria”. Y continúa diciendo que, tanto en “La diáspora (1989), hasta la más reciente, El hombre amansado (2022), Castellanos Moya ha sido fiel a un grupo de personajes que deambulan por México, Estados Unidos, Suecia o Guatemala ganándose la vida como pueden, intentando retomar sus oficios abandonados –el periodismo, la edición, la diplomacia, la docencia universitaria–, mientras sueñan con un retorno imposible a El Salvador y se las ingenian para seguir huyendo de él”.

Además, agrega los personajes de los cuentos de Bolaño, “sobre todo los que protagonizan dos de los más célebres: Sensini (1997) y Últimos atardeceres en la tierra (2001). El primero retrata a un viejo escritor argentino, exiliado en España, que subsiste mediante concursos literarios municipales que a veces gana y casi siempre pierde; el segundo también trata sobre el exilio de un chileno en México, quien emprende un viaje a Acapulco con ganas de combatir en burdeles y bares de mala muerte la guerra que no puede pelear en el Chile de Pinochet”. Y sigue contándonos que “lo mismo puede decirse de Auxilio Lacouture, la exiliada uruguaya que en Amuleto (1999) resiste refugiada en los baños la toma de la UNAM por el ejército en 1968, o del detective de Estrella distante (1996), que logra dar con el paradero de un torturador de la dictadura que también ejerce como poeta y artista de vanguardia”.

¿Pero, y a qué viene todo esto? Pues tal vez sea una mezcla de la famosa -y ya vieja- teoría que dice que el aleteo de una mariposa acá puede resultar en consecuencias desastrosas acullá-; o quizás se trate apenas de mis ganas eternas de refutar aquello del “fin de la historia” de Fukuyama. Y mi voluntad firme de oponerme a la falta de entusiasmo que generan el presente sombrío y un futuro cuya promesa más cierta parece ser una Tierra inhabitable.

Pero es que, leyendo por ejemplo a nuestro entrañable Samuel Rodríguez Medina podría pensarse que las artes, y la literatura entre ellas, nos servirían como puerto seguro y cobijo. Aunque sabemos que el desencanto también llegó a la literatura, y una prueba de ello es que dos de los escritores más importantes en sus países, el argentino Ricardo Piglia (1941-2017) y el mexicano David Toscana (1961), publicaron sendos libros homónimos -El último lector- casi simultáneamente en 2005. Es que hay una variedad infinita de lectores: “el visionario, el enfermo, el compulsivo, el melancólico, el traductor, el crítico, el escritor, el filósofo y ¿por qué no? el propio autor”, dice Piglia. 

La literatura, es verdad, parece haber perdido la importancia social que tuvo en los años del “boom”, lo que no tiene por qué ser una mala noticia; aunque es evidente que, pese al permanente crecimiento editorial, las letras contemporáneas ya muestran su agotamiento y falta de ambición. O, como cuenta en paralelo, y sin saberlo, David Toscana, la biblioteca de Icamole puede haberse quedado sin lectores, pero siempre puede aparecer un vengador, tal vez el mismísimo bibliotecario.

Como insiste en decir Federico Guzmán Rubio, “la desesperanza sigue allí, en el aire, como causa y consecuencia de nuestro tiempo, y a la literatura le toca cuestionarla y (re)crearla; porque la literatura sirve para entender el mundo un poco más, pero también un poco menos.”


Javier Villanueva

Argentino establecido en Brasil, profesor de idiomas, editor, traductor, escritor y librero. Investigador y conferencista de temas hispanoamericanos y de la historia y las culturas de los pueblos nativos. Autor de más de una centena de libros didácticos publicados en Brasil, y de dos colecciones de cuentos en Argentina.