Por: Edui Tijerina Chapa
Fotografía: Cortesía Teresita Reyes
TERESITA REYES
Los artistas somos muy peligrosos
Hablar de Teresita Reyes es referir a una
de las más grandes figuras del teatro,
cine y televisión sudamericanos; una
gran dama, señora de los escenarios
y las pantallas que, con gran soltura
y simpatía, ha incursionado, también,
en terrenos de la conducción de eventos y de podcasts.
Me enorgullezco al ser su amigo y
hoy, sin falsa modestia, lo presumo compartiendo con ustedes
esta charla, desde Chile para el mundo, en la que abre su corazón
y nos habla de su impresionante trayectoria y de cómo percibe el
aquí y ahora de la industria internacional del entretenimiento.
¿De dónde viene Teresita Reyes?
Nací en Osorno, el siglo pasado. No tengo hermanos, tengo hermanastros. Fue una infancia entre dulce y agraz; fue medio
difícil porque crecí sin padres, pero maravilloso porque tuve
una abuela que me crio. No estaría donde estoy si no fuera por
esa mujer maravillosa que me dio todo, me dio las herramientas,
la sabiduría, la fuerza que ella tenía. Todo gracias a ella.
Vivía con mis abuelos y nueve tíos y tías. Esa familia era muy
unida. Me acuerdo de que los domingos había una mesa de 30
personas tomando el té, pero yo no tenía a mis padres. No voy
a negar que me dolió harto el abandono.
¿Pasaste tu infancia en Osorno?
Sí. Y después, cuando tenía 14 años, me fui a Santiago, la capital
de mi país.
La veta artística ya la tenía desde que era chiquitita, o sea,
cualquier acto que hubiera en el colegio a mí me sacaban de la
sala y me subían al escenario. Cuando estaba arriba del escenario,
lisa y llanamente no sentía nada más que lo tenía que hacer.
Te metías en personaje.
Me olvidaba de que era yo y eso me gustaba. Además, hacía
mucha comedia y las alumnas del colegio estaban enloquecidas
con esta gordita chiquitita.
Recuerdo que cuando estaba en cuarto básico me hicieron
hacer de una señora que tenía un gatito y que la vecina estaba
demandando al gatito porque maullaba mucho y la gente se reía
y se reía. Para mí fue una grata sorpresa, me sentí muy bien, pero
nunca pensé que yo, mi interpretación, provocaba esa reacción.
Cuando terminó, yo estaba vistiéndome en la sala, tocan la
puerta unas chiquillas y me agarran y me besan diciéndome que
era muy amorosa, cosita más linda, que les había encantado. Ahí
entendí que tenía que seguir esto. Si lo que había hecho provocaba
reacciones de afecto en los otros, debía repetirlo. Después, de
grande, como que me hizo clic la cosa, ahí fue donde entendí
que mi herida de abandono provocó que me gustara tanto más
la atención y el cariño del resto de la gente. Me hacía sentir
importante y querida.
“El aplauso
me revalida como
ser humano, me hace
sentir importante,
que le hago
bien a alguien”
¿Y ahora?
El aplauso me revalida como ser humano, me hace sentir importante, que le hago bien a alguien. Cuando voy en la calle la gente
me saluda y yo siempre me detengo, los saludo con beso y les
dedico un ratito. Siempre tengo tiempo para ellos, hasta que me
muera voy a tener tiempo, porque esa gente me ha entregado
tanto amor.
¿Y qué camino tomaste, entonces?
Pues, decirle a mi abuela árabe tradicional, que son estrictos
y rigurosos, que quería dedicarme al teatro, era muy difícil.
Entonces, como me gustaba mucho la abogacía, el derecho, al
final de mi formación escolar, entré a estudiar Leyes.
Lo pasé muy bien. Tengo que decir que esa etapa del colegio,
de irme desde la provincia a la capital, esos cuatro años fueron
maravillosos. Me transformé, saqué una personalidad increíble
que jamás pensé que pudiera tener. Fui la Presidenta, la loca del
curso, la buena alumna, pero loquita, bien loquita. ¿Sabes, Edui?
Fui la primera de la familia que salió a la Universidad.
Supongo que los demás miembros de la familia estarían
orgullosos de ti.
Cuando supieron que llevaba como dos tres años en Actuación
y que había dejado Derecho, fue una guerra campal, pensando
que yo iba a ser un desastre, que iba a ser lo peor. Hubo un
episodio bien fuerte.
¿Nos lo cuentas?
En esa época yo ya era grande, fue antes del 73, durante el gobierno
de Allende. Lo que pasó acá en Chile fue espantoso con la Dictadura.
Llegaron un tío y un primo directo a mi dormitorio y me sacaron
todos los libros que tenían que ver con Marx, obras de teatro, ¡olvídate!
Todo lo que ellos pensaban que era de extremista, de terrorista, de
la comunista come guaguas (bebés), y me destrozaron todo. Mira,
fue la primera y última vez en mi vida que golpeo a alguien de rabia
e impotencia. Después de eso nunca más me dijeron una palabra,
pero los rasguños yo creo que todavía los tienen.
Entonces, ¿en qué momento retomaste la actuación?
En esos tiempos en la Universidad había dos posibilidades: tomabas la carrera principal, que era donde estaban los ramos facultativos, y los ramos optativos. En esa parte fue en la que tomé
teatro. La escuela de teatro quedaba cerquísima, o sea enfrente,
por lo que con sólo cruzar la calle llegaba a la otra Facultad.
“Quiero que
el teatro
siga siendo
como una
iglesia, un
santuario
donde la
gente va
a sanar y
a sentirse
identificada con el
personaje
que está
escuchando y viendo”
Y se acentuó tu pasión por los escenarios. ¿No?
De repente dije “no, no puedo seguir”. Me acuerdo de que estaba
en el cuarto piso, estudiando, y miraba a mis compañeros de
teatro al frente, en el otro edificio, divirtiéndose mucho con
expresión corporal y acrobacia, Y yo ahí, en Derecho Romano,
Derecho Canónico, bla, bla, bla… Y no volví más. Me quedé en
Teatro.
¿Qué dijeron en casa?
La familia supo cuando ya estaba casi titulada y fue terrible. Pero
ahora me aman y ya está todo solucionado. En esa esa época fue
terrible cuando dije que quería ser actriz y que ya llevaba tres
años estudiando. Pensaban que me había ido por mal camino,
que iba a ser una mujerzuela, una drogadicta, borracha; la vergüenza de la familia. “Tienes que quitarte el apellido”, me decían.
¡Qué fuerte! ¿Tardaron mucho en calmarse?
Hasta que conocí a Jorge mi esposo. Cuando me casé y me
empezaron a venir las primeras actuaciones, las primeras cosas
en televisión, de a poquito los ánimos se fueron calmando.
¿Cómo fueron esos primeros pasos en la actuación
profesional?
Me llamaron unos actores y actrices conocidísimos, que tenían
un teatro de primer nivel, para actuar en “La Celestina”. No
me voy a olvidar nunca. ¡Y me fue bien! Era el personaje de una
prostituta jovencita y había una escena terrible en la que tenía
que aparecer en puros calzones. Para arriba se veía un poquito,
no se veían los pechos enteros pero se esbozaba, digamos. Fue
desafiante. Me fue muy bien ahí, la verdad. Debo reconocerlo.
De ahí no paré más, seguí haciendo teatro, empezó la televisión,
seguí, seguí, seguí… Con cada embarazo paraba y seguía. Mira,
empecé a trabajar a los 20. Ahora que ya tengo 70 años, recién
puedo decir que tengo una trayectoria.
Gran privilegio, pero también, tremenda responsabilidad.
Sí, y no solamente como actriz, sino como ser humano. Uno debe
tener en claro esa responsabilidad, porque vivimos en sociedad,
compartimos con las demás. Todos queremos estar bien, vivir
decentemente. Y cuando uno ve que la injusticia y la desigualdad
son tan espantosas a nivel mundial, que “está mal repartido el
chancho (cerdo)”, como se dice en Chile, es inhumano no tener
conciencia social.
Mira, en Chile hay 10 familias mega millonarias, después
venimos una clase media que cada vez es menos media, cada vez
nos vamos más para abajo, y una tremenda cantidad de gente
de escasísimos recursos. ¿Cómo no vas a tener conciencia social
si tú te puedas salvar de morir porque tienes plata para pagar
una clínica privada y que 20 otras personas que están con tu
misma enfermedad, con tus mismos años, se mueran porque
en los servicios públicos podrían esperar 10 años para que les
operen el corazón o 5 años para que les saquen la vesícula?
Todo el mundo sabe mis posturas y, por lo mismo, he tratado
de ayudar de la mejor manera posible, que es con lo que sé hacer
como actriz. Me gustan las campañas sociales, ir a las poblaciones,
cooperar… Todo es poco. De repente siento como que estoy
tirando migajas.
Yo siempre hice personajes de escasos recursos, del pueblo,
aguerridos, con muchas penas y esperanzas. Entonces aprendí
muy bien lo que es esto y lo hice con toda la dignidad y el cariño
que podía sentir.
“En esa
época fue
terrible
cuando dije
que quería
ser actriz y
que ya llevaba tres
años estudiando”
¿Y son personajes que interpretas usando tus vivencias o
por observación?
Yo he pasado por todas esas etapas: fui inmigrante, estuve 7
años en Argentina, nieta de refugiados sirios, he sido pobre tres
o cuatro veces -nos fuimos a la quiebra con mi esposo- incluso
tuve una fábrica de confecciones, pero volví al Teatro y no lo dejé
más porque me di cuenta de que todo lo otro me hacía daño.
Yo pienso que, cuando interpreto estos papeles, los dignifico,
porque los actúo con mucho amor y conocimiento. No hablo mal,
por ejemplo. La escasez se puede notar en el vestuario y en el set, pero mis personajes siempre tendrán mucha dignidad, no estarán
dentro de la caricatura o la mofa; los hago de carne y hueso, los
hago para que la gente los vea que no pasen desapercibidos y
que toda historia vale la pena ser contada.
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| PODCAST Cúantos pares son 3 moscas. |
Esto que dices, ¿es lección que has aprendido de la
experiencia o legado de algún mentor?
Mira, yo tuve un profesor y gran actor, Ramón Núñez. Cuando
entré a Teatro era súper gordita y fui muy gordita muchos años.
Entonces yo dije: “si me llaman a trabajar gordita es porque no
soy tan mala”. Los tipos que se usan en televisión son estupendos,
cuerpos perfectos y yo era todo lo contrario, o sea, soy linda, debo
reconocerlo, pero no para el estándar que había y sigue habiendo.
Entonces respetaba mucho a Núñez, que me enseñó sobre la
austeridad: la puntualidad, esa cosa como estoica del teatro, de
que con sangre tienes que hacer el teatro. Nosotros hacíamos
teatro, las escenografías, el vestuario, la promoción, ¡todo! Era
una entrega del 1000% donde no había nada más importante.
A mí me pasó que estábamos en una actuación y antes de
empezar el segundo acto me dicen que se había muerto un familiar
muy querido y yo quedé helada, no sabía qué hacer. O sea, mi
ser quería irse arrancando a ver qué pasó, pero el otro ser, que
era la actriz, no quería moverse de ahí hasta terminar la obra.
Había mucho respeto por el público, por la profesión, y yo dije
“ya, voy a tener mucho tiempo para ir a llorarla, para sentirla,
pero este público habrá estado aquí una vez, no quiero que vuelva
a verla después”.
Pensar que muchos jóvenes quieren entrar al mundo de
la actuación porque piensan más en la fama que en todo
el trabajo que hay detrás y la enorme función social que
llevan a cuestas.
Esto no es para ser famoso. Ahora, si te haces famoso porque
eres muy talentoso o porque la gente te quiere y realmente lo
mereces, entonces vas a ser famoso. Pero si alguien entra a
una escuela tan sagrada para mí, como es la escuela de teatro,
solamente porque la gente le va a conocer y le van a pedir autógrafos y fotografías y cree que va a ser rico al año, paremos a
ver cuánto dura, porque sin talento, sin corazón y sin disciplina
no creo que surja mucho.
Hay un gran rigor.
Exacto. La cuestión aquí es que hay que ser rigurosos. No se
puede inventar una enfermedad y ausentarse tres días. Tú no
puedes llegar con olor a trago a una función, ni “mariguaneado”.
Tu cuerpo no puede tener piercings.
¿Piercings? ¿Y qué opinas de los tatuajes?
Escúchame, que los actores jóvenes me matan con esto: no pueden
ser tatuados. Tu cuerpo pertenece a millones de otros personajes,
tú lo entregas con todo tu amor para ser llenado por nuestros
personajes. Entonces, yo veo cuando tienen que hacer escena
en la que se supone que jamás tendrían un tatuaje, y ahí está la
maquilladora una hora y media sacándole el tatuaje y al otro que
tiene la nariz perforada porque se pone una tremenda argolla…
¿Pero cómo van a hacer al Papa con un hoyo en la nariz? ¿Cómo
va a interpretar a un rey con una calavera aquí en el cuello? Eres
actor y tienes que hacer un corsario que debe tener el cuerpo
tatuado, entonces te van a poner el tatuaje de mentira. En mis
tiempos iba un pintor de verdad a pintar el tatuaje todos los días,
se sacaba, se pintaba, se sacaba, se pintaba. Pero esto es eterno.
“En Chile,
oportunidades para
hacer teatro hay pocas y apoyo
no veo mucho”
Me doy cuenta de que ves al teatro como algo sagrado.
Lo es. Y yo quiero que el teatro siga siendo como una iglesia,
un santuario donde la gente va a sanar, a sentirse identificada
con el personaje que está escuchando y viendo y que va a salir
hablando sobre lo que le pareció la obra, lo que sintió al verse
reconocido. Ese es el milagro de la actuación, ese es el milagro
del teatro que es el espejo de la realidad.
¿Cuáles son los personajes que más te han exigido?
Han sido dos y en muy distintas épocas.
Durante un examen de egreso hice a “La Dama Boba”. Yo
era una jovencita criada por las monjas, virgen, pero demasiado
virgen, entonces tenía una cosa de coquetería natural, sensualidad
que yo no tenía. No pude dar la tecla, yo juraba que lo estaba
haciendo bien. Mi profesora, que en paz descanse, fue muy
exigente y aterradora, como directora, sobre todo.
Para una jovencita que quiere sacar su egreso y no lograba
dar con la tecla, fue horrible. Y a última hora me acuerdo de una
prima mía que todos decían que le faltaba “una chaucha para
el peso”, que quiere decir que estaba entre tontita y no tontita
y sin embargo era totalmente atractiva para los hombres. Yo
decía, ¿pero por qué? Ella no era especialmente bonita, pero mis
primos andaban locos y de repente la miro ahí en su mirada
encontré la clave para interpretar mi personaje. Era su mirada,
la forma que tenía de mirar… Ahí me di cuenta de que ese era su
atractivo, lo que la hacía transformarse en la reina. Y me puse
ahí, una semana entera viendo como miraba, como reaccionaba
y dije: “yo creo que está”, y me fui una semana antes del estreno.
Era lo que quería mi profesora, no la caricatura anterior que
yo estaba haciendo, sino la verdad y el alma de una seductora.
¿Y el segundo personaje?
El segundo de alto impacto fue hacer “Los Monólogos de la Vagina”,
que es la obra más seria que yo he hecho en mi vida. Se habla
de un tema tabú en esos tiempos. Aclaro que estoy hablando de
hace 20 años. Había un personaje de uno de los monólogos que
era una abogada lesbiana que hacía terapias para ayudar a las mujeres a tener orgasmos. Entonces ella explica ahí cómo veía
florecer a la mujer, cómo le veía su vagina y a mí me empezó a
dar una crisis de pánico espantosa porque resulta que esta mujer
tenía que actuarle al público 12 orgasmos distintos. La boca se
me secaba, no podía actuar, antes de salir a escena necesitaba
una taza con agua cerca y yo no sabía lo que me pasaba… Así
que tuve que ir al psiquiatra y me dijo que tenía una crisis de
pánico. Era la primera vez que escuchaba algo así. Me explicó
cómo funcionaban y me dijo “pero si tú sabes muy bien que no
eres ese personaje, tienes que interpretarla con tranquilidad,
con cariño, pero tranquilízate… No es nada más que eso, creo
que no te va a volver a pasar”. Y no me volvió a pasar. Después,
fue tanto que la directora me dijo “bájale un poquito al orgasmo
porque ya exageraste”. Después lo pasé maravilloso.
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| Teresita Reyes participa en el PODCAST Cuántos pares son 3 moscas. |
¿Cuál ha sido tu principal campo de acción? ¿Teatro, cine,
TV…?
Las tres, pero con énfasis en la televisión. Ahora estoy haciendo
mucho cine también, pero la verdad es que donde haya actuación, voy. Lo que sea, yo quiero ser actriz, quiero estar arriba
del escenario nada más. Pero sí me han llamado mucho para
televisión y obviamente, hablando en serio, la televisión te da
una capacidad de poder vivir más tranquilamente, ya que el
teatro aquí en Chile está costando mucho.
¿Faltan oportunidades o apoyos?
Oportunidades hay pocas, apoyo no veo mucho. Estoy hablando
desde la parte en que uno es su propia empresa. Si tú quieres hacer
una obra de teatro, te va a costar un mundo, o sea, ya nadie te
auspicia, ya no existe eso que va una marca y te dice “aquí está la
plata, monta todo y nosotros te patrocinamos”. Eso ya no existe,
ni siquiera se ponen con 300 dólares. Así es que para nada, no
nada nada… Por ahí existen algunos fondos que no alcanzan para
todos los artistas y el talento que hay en mi país. No alcanza para
crear la cultura que un pueblo pensante requiere.
La verdad es que esto está pasando incluso a nivel mundial,
porque los artistas somos muy peligrosos.
¿A qué te refieres con “peligrosos”?
El artista hace tomar conciencia, incluso sin que se dé cuenta.
Nosotros ocupamos las emociones, nos damos cuenta de muchas
cosas porque estamos más en alerta. Entonces es el peligro de
que el arte puede cambiar las opiniones, te puede dar vuelta un
escenario político y social. El actor es un tipo pensante todavía,
intelectual, no como los gobernantes que ojalá no sepan leer ni
escribir.
Somos peligrosos. Hay quienes dicen que mientras menos
actores y actrices haya, mejor.
¿Qué perfiles de personaje son tus consentidos?
Donde más me siento comprometida y feliz es haciendo melodrama: drama con comedia. La vida es llanto y sonrisa, absolutamente. Te ríes y lloras al mismo tiempo en un día por lo
menos. Entonces, esos dramas puros me agobian, y esa comedia
constante, pura risa en farsa, también. Pero el interpretar la vida
misma, que es el drama-comedia, es lo que a mí me acomoda,
por lo tanto, todos esos personajes que encajen en el melodrama
para mí son un desafío.
¿Qué es lo que más te decepciona?
Como persona, me decepciona la deslealtad. Es una de las cosas que a mí, a pesar de todo lo que hay, es lo peor. Creo que de ahí
parte todo. La deslealtad me decepciona absolutamente porque
parte de la mentira, de la envidia. Judas era desleal y para mí
todas las personas desleales son Judas, que dicen que te aman,
que te adoran, que te van a cuidar, que te van a dar trabajo y
después te enteras de que fueron los primeros que te apuñalaron.
La narrativa, en sus distintas líneas, pasa por una marcada
y vertiginosa evolución, especialmente desde el surgimiento
de nuevas ventanas hacia las audiencias. ¿Es difícil adaptarse
-a nivel interpretativo- a esas nuevas exigencias en cuanto al
abordaje de verosimilitud, naturalidad y ritmo?
No, porque la actuación en sí, el método de sacar el personaje
desde tu vivencia y lo que ves en otros, no tiene tiempo, no tiene
caducidad, no termina. Puede ser que evolucionen las partes
técnicas, la visión del público, las redes sociales que hay ahora,
pero, en sí, la actuación es la misma que desde los inicios de la
cultura humana.
¿Qué haces, además de la actuación?
Hago mucho deporte, leo, dibujo, bordo, tejo, veo Netflix y como
un poquito. No, fuera de broma, de no ser actriz, ¿qué sería?... No
lo sé, nunca me lo he planteado, nunca me he visto en nada más
que no sea ser actriz. Pero podría haber sido, ponte tú, psicóloga.
Me gusta la psicología, me encanta porque también es un medio
de sanación. Me gusta todo lo que va vinculado con hacer algo
por el otro, pero por ahora no quiero ver ninguna cosa, quiero
verme en esto, morir en esto y ahí perfecto.
¿Diriges, escribes?
He dirigido, pero no me gusta mucho porque soy muy talibana.
Soy de las que mandan “haga lo que yo le digo, yo sé”. He escrito,
también, pero sabes tú que hoy soy de una flojera para escribir…
Porque yo escribí a lápiz, pues, como se usaba antes. Nunca ocupé
máquina ni nada. Entonces me cuesta escribir. Pero lo que estamos haciendo con mi hija es que yo le estoy hablando y ella me
está escribiendo en el computador. Estamos trabajando en un
monólogo y con ese sistema nos está saliendo mucho más fácil.
¿Cuál sería tu máximo punto como actriz?
¡A mí me falta un montón para llegar a la cúspide! Estoy empezando, recién estoy aprendiendo día a día, hasta que me muera.
No, no creo que llegue a la cúspide nunca, yo creo que la cúspide
se llega cuando ya no estás aquí, cuando mueres. Pero mientras
vives nunca llegas a la cumbre, ésta se va moviendo, siempre
estás estudiando y elaborando…
¿Cómo es Teresita Reyes como pareja y madre?
Chuta, como pareja ya no lo vas a poder saber porque Jorge
murió… Y como madre, vas a tener que venir a Chile a preguntarle
a mis hijos, porque yo no podría decirte. En todo caso han salido
los cuatro maravillosamente buenos, amorosos y tiernos como
hijos. Hasta el momento no he tenido críticas desastrosas y los
nietos míos son adorables. Entonces pienso que como madre
no lo hice mal, y con mi marido, bueno, duramos 46 años entre
altos y bajos. Aunque al final fueron más bien altos. Lo pasamos
bien, estuvimos juntos, salimos adelante y nos amamos mucho.
“No hay ser
más infeliz
que el que
está haciendo algo
que no le
gusta por el
qué dirán,
por el estatus o por la
plata”
¿Y como amiga?
Leal, de pocas amigas pero leal. No soy de pasar demasiado
tiempo con ellas. Tengo muy pocas amigas, a mí me cuesta
un poco salir ahora porque vivo muy lejos, entonces me carga
manejar de noche, pero las amigas que tengo son mis amigas
intocables. Soy de una lealtad absoluta hacia ellas y si hay que
ayudar, ayudo… Y si hay que estar con ellas, estoy… Si hay que
pasar plata, paso… Menos mal son pocas (risas).
¿Proyectos en desarrollo y/o próximos a estrenarse?
¡Miles de proyectos! En este momento sacamos un podcast que
se llama “¿Cuántos pares son tres moscas?”, estamos en Spotify y
YouTube. Mi hija produce y con dos amigas actrices nos morimos
de la risa por una hora todas las semanas. Nos ha ido muy bien
y estamos ahora en fase de grabar la segunda temporada a lo
grande, con auspiciadores y alianzas. Yo antes no tenía idea de
que esto existía, lo más cercano que yo entendía era la radio o
el radioteatro. Un día llegó mi hija, que es mi representante, y
me dijo: “mamá, voy a hacer un podcast contigo”. Me costó un
mes decir podcast correctamente, decía podcat, poscad, podcad… ¡Olvídate!
Durante la pandemia me lancé como influencer en las redes
sociales, hago campañas pagadas y solidarias, cuento mis cosas
a mis fans, conversamos, me dan mucho amor. Soy adicta a las
redes sociales, tengo Instagram, tengo Facebook, Twitter (pero
ya no me meto mucho porque están siempre peleando)
Aparte estoy vigente en las teleseries, la que tengo ahora en
Chile la van a alargar porque le ha ido muy bien. En el teatro
estamos con lo del unipersonal, mira, tengo la cabeza llena de
proyectos. El otro día los chicos de Fábula me llamaron para
una película, empiezo a fin de mes… Están otros dos proyectos
de película a punto de salir, ¡espero que no salga todo a la vez! Me mantengo activa, siempre activa, porque si te echas, ya no
te levantas más.
¿Algo adicional que quieras compartir, a manera de cierre
para esta entrevista?
Hay algo que me gustaría decir a la gente joven y a los papás:
“Dejen que los niños elijan lo que van a hacer, dejen que ellos
se equivoquen o acierten, porque de ellos es la vida. No hay ser
más infeliz que el que está haciendo algo que no le gusta por
el qué dirán, o porque no lo llena pero tiene más estatus, o por
ganar más plata, etc. Se nos va en eso la vida…”
Uno tiene que buscar ser feliz, la vida es para ser feliz, no
creo que el Señor nos haya traído acá para sufrir. Uno tiene que
buscar la manera. Si a uno no le gusta ser albañil, entonces va
a ir a cosechar al campo o va a ir a la ciudad a ser comerciante,
¿qué sé yo? Cualquier cosa… ¡Pero no debe ser albañil si odia
hacer albañil! Hay que buscar, dejar que los hijos elijan.
Nadie daba un peso por mí como actriz, salvo yo, y la vida me
ha hecho tremendamente feliz. Es lo único que yo pido, si ustedes
son felices van a hacer felices a los demás y van a encontrar las
buenas oportunidades que les tiene la vida. Elijan eso.