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Inche Kai Che – Siglo XVI | JAVIER VILLANUEVA Y ALBERTO HERNÁNDEZ | Abril 2022

Por: Javier Villanueva y Alberto Hernández
Fotografía: Especial



Inche Kai Che – Siglo XVI

El pueblo Mapuche llega a España para terminar con la conquista y la colonización*

En su relato –Un largo y extraño viaje– Tony Horwitz dice que “Es necesario rever la historia norteamericana e incluir a españoles, franceses y portugueses en su formación. No somos una nación angloamericana, ni lo hemos sido nunca.

La América del Norte joven ya era muy diversa”, y habla sobre la influencia de vikingos y normandos en el norte del país, donde llegaron cinco siglos antes que las carabelas de Colón a las islas del Caribe. Afirma que mucho antes que los británicos se asentaran en la actual Norteamérica, en 1620, al menos tres grupos españoles estaban en la región, liderados por Francisco Coronado, Hernando de Soto y Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Fueron ellos los que primero colonizaron a los pueblos originarios, y se llevaron varios bienes valiosos, –viñas y hierbas medicinales– y las hojas de un árbol para curar la sífilis y la blenorragia, enfermedades que mataban a los europeos en esos años.



Horwitz también niega que el primer refugio protestante en la actual América del Norte fuera el de los peregrinos ingleses en Plymouth, en 1620. Antes, en 1564, durante la Reforma, con una Europa en guerra entre católicos y protestantes, un grupo de hugonotes de Juan Calvino llegó a la costa que hoy llamamos americana. La misión era estratégica y rentable, pues creariría una base de rescate para los naufragios en la región y desafiaría la creciente fuerza española en el nuevo continente.

Otro grupo de ingleses viajó a la costa que hoy es América a fines del siglo XVI, dos décadas antes del Mayflower. Según cuentan las crónicas, halló un pueblo originario tan acostumbrado a los europeos que, en el primer contacto de los colonizadores con los nativos, varios de ellos los recibieron hablándoles en inglés. Poco creíble, pero así está en las crónicas, según Horwitz.



Y si todo esto fuera poco, según cuenta el submarinista inglés Gavin Menzies en su obra 1421, el año en que China descubrió el mundo, el 8 de marzo de 1421 –setenta y un años antes que Colón–, salió de Oriente la flota más grande de todos los tiempos: 107 juncos, algunos de casi 150 metros de longitud de proa a popa, que llevaban a sus países a los embajadores que habían ido a homenajear al emperador Zhu Di. Siguiendo el relato de Menzies, los almirantes de la flota china visitaron las costas que hoy llamamos americanas siete décadas antes que Colón, descubrieron Australia 350 años antes que Cook y rodearon el globo, adelantándose 100 años a Magallanes. Al volver, en 1423, el emperador había sido derrocado, China volvía a su aislacionismo tradicional, y los éxitos del viaje eran condenados al olvido. Gavin Menzies realizó una investigación que reconstruye las navegaciones chinas de inicios del siglo XV en un libro riguroso y monumental, que podría cambiar toda la visión que tenemos hoy sobre la época de los grandes descubrimientos europeos.  

Otra obra interesante sobre las navegaciones y los primeros contactos con los pueblos del nuevo continente es Maluco, la Novela de los Descubridores, de Napoleón Baccino Ponce de León, que está entre las que los teóricos llaman Nueva Novela Histórica, que rompe con la historiografía clásica y reinterpreta el pasado histórico. Maluco es una crónica sui generis de Juanillo Ponce, bufón de la flota, sobre la expedición de Magallanes y Sebastián Elcano en la primera vuelta al mundo, en busca de una vía hacia las Molucas o Islas de las Especias. Juanillo dirige su escrito al rey Carlos V, para pedirle que su hijo Felipe II le devuelva su pensión, que le había sido negada por “andar por pueblos y plazas indagando nada más que la verdad”. 



La Novela Histórica Clásica, que todavía se escribe en Latinoamérica y en España, aparece en el siglo XIX, creyendo pintar fielmente el pasado, de modo de ayudar a formar la identidad de las nuevas naciones criollas hispanoamericanas, o para recrear la autoestima tan dañada por la derrota de 1898 ante los EEUU, en el caso español. Este tipo de novela refleja las ideas modernistas que ven a la Historia como una ciencia y creen que conocer los hechos pretéritos, que causan el presente, permite el progreso hacia un futuro mejor. La realidad, así vista, es histórica y única. La Novela Histórica Clásica, por lo tanto, es la historiografía oficial. 

En las últimas décadas se rompen todas las fronteras con las que el positivismo y la modernidad separan la realidad de la ficción. Para la postmodernidad, ni siquiera el pasado puede ser visto con objetividad, sino por medio de interpretaciones parciales, nunca únicas, de los fenómenos naturales y de los hechos humanos. Esto ocurre también en la historiografía actual y en los géneros híbridos surgidos entre la historia y la ficción.

Las novelas sobre el descubrimiento y la conquista, –en auge en las últimas décadas del siglo XX por causa del 5º centenario de la llegada de Cristóbal Colón a la hoy llamada América, y a la grave crisis latinoaméricana en los años 80 y 90– hicieron que los escritores miraran hacia el pasado para hallar allí una esperanza. La primera obra con esta óptica fue El Reino de este Mundo, de Carpentier, de 1949, pero el auge del género es en 1979, con El Arpa y la Sombra, también de Carpentier, y El Mar de las Lentejas de otro cubano, Antonio Benítez. Antes, en 1969, surgió El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas; en 1974, Yo El Supremo, de Roa Bastos; y en 1975, Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Hay rasgos propios de la nueva novela histórica: el predominio de las ideas filosóficas sobre la historia al relatar los hechos históricos; las omisiones, exageraciones y anacronismos para lograr una distorsión consciente de la historia; la conversión de personajes históricos en otros de ficción, y los comentarios del narrador sobre la creación de la propia obra.



Pero en estas obra los que poco aparecen como sujetos y sí apenas como objetos, son los pueblos nativos, las enormes naciones autóctonas y originarias. Son las llamadas “tribus”, una palabra que siempre denota una inferioridad cultural; los mismos que, al decir de Eduardo Galeano, no tienen idiomas y sí apenas “dialectos”. Son los que llegaron de Asia quince o tal vez hasta treinta mil años antes de ser “descubiertos” por los europeos o los chinos. Y que ostentan, ni más y ni menos, que cinco grandes culturas: la de los Méxicas y su imperio Azteca en la actual Norteamérica, los Mayas en la Central, los quechuas al Sur, con su también poderoso imperio Tawuantinsuyo o Inca, y todavía más al Sur, los pueblos Guaraníes y Mapuche.

Tal vez un modo de poner las cosas en su sitio, sobre todo después de la gran discusión desatada en el 500º aniversario de la ocupación de Tenochtitlan por las tropas de Hernán Cortés, sea releer a Fray Bartolomé de Las Casas y su lucha por los derechos de los nativos y la abolición de la encomienda. En su Breve relato de la destrucción de las Indias, el fraile relata, a mediados del siglo XVI, las atrocidades de los colonizadores contra los pueblos originarios. Mientras, en esa misma época, e incluso después, en Europa se freía en aceite a los herejes, se cazaban brujas y se las quemaba vivas, practicando torturas a manos de la Inquisición.

Por todo eso, es que la historia es repensada en las páginas de Inche Kai Che - Siglo XVI, el pueblo Mapuche llega a España para terminar con la conquista y la colonización, un libro que, una vez más, reimagina una nueva fantasía histórica, esta vez con el protagonismo de la gran nación de los Mapuche, –así, siempre en singular, como ellos prefieren–, del actual territorio chileno y argentino del sur. 

Chile es una tierra delgada con un rosario de valles estrechos entre montañas y volcanes, con ríos caudalosos en una costa muy abrupta, bosques densos y un suelo que se mueve con permanentes temblores y terremotos. A ese Chile desconocido fue que se enfrentó Valdivia y perdió. Inés, mujer del conquistador, –recordada como la que cortó la cabeza de los jefes Mapuche para asustarlos y alejarlos de la destruida Santiago, ya en su vejez, y según la escritora Isabel Allende–, hace una confesión hacia el final de sus días. Por haber sido testigo de varias décadas de guerra, Inés asume su parte de responsabilidad y entiende la resistencia del pueblo Mapuche, cuyos fantasmas se le aparecen en su lecho de muerte. Inés Suárez, la verdadera, –dicen– acabó su vida como una anciana devota y pacifista, dedicada a la defensa de la educación, y de los intereses de todos los ciudadanos de Chile. Quién sabe cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda en todo eso. Los Mapuche probablemente tendrán otra versión.

*Novela que será lanzada en la Feria del Libro de Buenos Aires en abril de este año

blog.javier.villanueva@gmail.com 

Javier Villanueva. 
Argentino, establecido en Brasil, profesor de idiomas, editor, traductor, escritor y librero. Investigador y conferencista de temas hispanoamericanos y de la historia y las culturas de los pueblos nativos. Autor de más de una centena de libros didácticos publicados en Brasil, y de dos colecciones de cuentos en Argentina. 

Alberto Hernández. 
Argentino, nació en Córdoba en 1951. Tuvo en breve paso por el periodismo en el desaparecido Tiempo de Córdoba para luego ingresar a la Municipalidad de Córdoba en el área de Publicaciones donde alternó la tarea periodistica con la corrección de pruebas. Publicó El viaje y otros relatos setentis- tas (Ed. Tinta Libre, Córdoba, 2014) y Un gremio imbatible (Ed. Tinta Libre, Córdoba, 2018).