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Yo te nombro | DIANA ELISA GONZÁLEZ | Noviembre 2021

La exquisitez de ser nosotrxs

Yo te nombro

Hoy no tengo nada que escribir, y parto desde este vacío porque es importante nombrarlo y saber por qué se produce. Frente a la nada hay miedo y una especie de desamparo. 

El cosmólogo Andrew Pontzen señaló que el concepto de nada es imposible, pues siempre hay algo “incluso en el espacio profundo”. Por ello, permítame hurgar en la ausencia y lo que sí existe.

En la escritura que intento hacer, reflexiono en la pertinencia de las palabras que llenan este vacío. Y es que en el ejercicio de materializar la reflexión cotidiana, descubro lo importante que es decir, decirlo fuerte y gritar, pero también callar. No como quien se autocensura, más bien, como quien se guarda desde la prudencia, porque como pastel en el horno, quizás se está en proceso. 

He descubierto que estas palabras que a veces se vacían a la hoja en blanco, son a veces dolorosas pero liberadoras, y construyen un conocimiento personal necesario para entender las fobias, los apegos, los traumas y momentos.

Y es una manera de habitarse desde la experiencia de ser quien se es, con las historias, con las enfermedades, con los demonios y los “mañana será diferente”. 

“Necesitamos leer más historias escritas desde lugares alejados del canon” dice Paula Bonet, y es necesario para entender la complejidad humana, pero también para visibilizar condición, padecimientos, experiencias; es darles presencia porque existen. 

Nombrar es hacer visible y dar un sitio de atención. Es una intersección entre lo público y lo privado. En lo individual y desde la experiencia femenina, descubro que importante es hablar de la menstruación, de la sexualidad, del placer, del amor como constructo, de las dudas y dificultades de la maternidad, del aborto, del rol de cuidadoras, de las violencias cotidianas, entre muchos otros temas. 

¿Para qué? 

Para comprenderlas, resignificarlas y nombrar desde otras perspectivas tantas veces calladas e invisibilizadas a nivel social. 

Pero también entendernos desde lo colectivo: de la importancia de nombrar a las personas desaparecidas, a las personas con discapacidad, migrantes, a los colectivos LGBTTTI, infancias, entre muchos otros grupos sociales.

¿Para qué? 

Para entenderlas y atenderlas desde las políticas públicas y programas, presupuestos etiquetados y leyes diversas.  

Nombrarles es reconocer que tienen un sitio, lo que nos enfrenta a la situación del otro-otra-otre. Podemos no entenderlo, pero debe respetarse su experiencia y su existencia. 

Nombrar es materializar en palabras los pensamientos y sentires, no callarlos aunque sean desagradables, como lo dijera Annie Ernaux. Esto abre una grieta en la pared de lo normalizado, de lo políticamente correcto, del “deber ser”, y nos lleva al territorio de lo personal. 

De que nombrar, señalar y levantar la voz, más allá de ser un ejercicio catártico y de autoconocimiento que ayuda a repensar nuestras formas y modos, es principalmente un acto político que da voz a lo que ha sido omitido de las narrativas oficiales o ignorado socialmente. 

Regreso al inicio, desde este territorio de encuentro con el vacío, descubro lo necesario que es escribir para cuestionarse, más que para responderse. Buscar más que encontrar. Partir de la nada es un principio. Al final, estoy segura que lo que cuenta son los pasos que nos atrevimos a dar y el reflejo que veremos en el espejo al asomarnos.


Diana Elisa González Calderón 

Docente e investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de México.