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Ignacio A. Bravo | ANDREA DÍAZ | Julio 2021


La historia detrás del héroe

Ignacio A. Bravo

El general porfirista condecorado por masacrar mayas.

El Gral. Ignacio A. Bravo (1835-1918) sirvió más de 65 años en el Ejército. Combatió durante las intervenciones, fue prisionero de guerra en Francia, volvió y se enlistó de nuevo. Se casó y tuvo hijos; existen casi mil cariñosas cartas y fotografías intercambiadas entre él y su familia. Hasta aquí, suena como un buen tipo.

En 1899, Porfirio Díaz le encomendó, a pesar de su avanzada edad, liderar las tropas que confrontarían a los mayas en la península yucateca para dar fin a la Guerra de las Castas, iniciada en 1847.

Aunque ha sido simplificada como “de castas”, no era solo una lucha entre mayas y “blancos” (cualquier mexicano/a sin ascendencia indígena directa). Las razones son evidentes: violencia sistémica, xenofobia, robo… Sin embargo, el Gobierno estaba convencido de que “esos bárbaros” eran el problema; el conflicto había durado demasiado y debían aplacarlos.

Finalmente, en 1901, el Ejército logró suprimir a los mayas. Bravo avisó al gobernador de Quintana Roo en una breve misiva: “Sr. Gobernador del Estado: tengo el honor de participar a Ud. que hoy ocupé esta plaza”. Recibió medallas de los gobiernos federal y estatal. 

Se estima que 250 000 personas murieron en los más de 50 años que duró la guerra. Ahora suena como un tipo que seguía su brújula moral, aunque estuviera descompuesta.

Pero la historia continúa. Después de la victoria, Bravo no volvió con su estimada familia. Se quedó para reconstruir la zona, donde renombró una ciudad en su honor: Santa Cruz de Bravo. Cuando digo “reconstruyó”, quiero decir que creó lo que él llamó “cuerpo de operarios”: una colonia penal con miles de indígenas esclavizados a labor forzada como represalia. 

Muchos fallecieron por las condiciones y la explotación. Un exterminio. Historiadores han llamado este lugar Infierno verde y Siberia mexicana. Uno pensaría que habiendo sido prisionero él mismo se comportaría mejor, pero no.

El 3 de mayo de 2021, el Estado mexicano ofreció una disculpa a mayas y yaquis “por las medidas xenofóbicas y genocidas” tomadas. Además, formó la Comisión Presidencial para la Conmemoración de Hechos, Procesos y Personajes Históricos de México para “rescatar la memoria histórica y hacer justicia”, según la CNDH.

¿Es posible hacer justicia a estas alturas?, pregunto cínicamente. ¿Qué más se está haciendo por mejorar las condiciones de los indígenas? Aún más apremiante: ¿qué estamos haciendo, como sociedad, para proteger a los miembros de esta herencia cultural? No es solo ver Coco ni comprar tennis con patrones huicholes. Es imprescindible observar nuestras propias conductas xenofóbicas disfrazadas de costumbres. Nos toca desaprender, escuchar y compensar.


Andrea Díaz 

Nacida en Victoria, Tamaulipas y Licenciada en Letras por la Universidad de Monterrey. Se ha desarrollado principalmente en los ámbitos de las causas sociales, la violencia de género y la filosofía del lenguaje.