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La mirada de Iván | DIANA ELISA GONZÁLEZ | Noviembre 2019


La exquisitez de ser nosotrxs 

La mirada de Iván

El éxtasis frente a una obra de arte, no suele ser una experiencia recurrente. Y tampoco nos “mueven” a todos las mismas expresiones artísticas. Lo que se observa, por supuesto que puede ser valorado desde la objetividad al señalar un buen manejo temático, técnico o expresivo. Pero más allá de lo aparente, se encuentra esa obra que toca nuestra propia historia, visible u oculta, real o imaginaria. Articula una serie de signos que hablan al espectador de manera personal, como si pudiera ser un confidente que dejó escapar sobre el lienzo algo nuestro. Repito, no suele ocurrir con todas las obras artísticas, pero es sanador toparse con alguna de ellas y mirarse como espejo. En toda mi vida, solo me ha ocurrido esta experiencia paralizante en dos ocasiones. Permítame compartirle la última: “Iván el Terrible y su hijo”, de Ilya Repin (1885).

Es una escena en 1581, protagonizada por dos figuras masculinas. Un hombre sostiene a otro más joven, quien tiene una herida en la cabeza. La escena se lleva a cabo en una habitación donde se percibe hubo violencia, dato confirmado por distintos elementos: muebles volcados, la alfombra en desacomodo, un cetro en el piso y sangre derramada en el rostro de uno de los personajes. Por el tipo de objetos, se percibe lujo y poder.

Es Iván llamado “el terrible” y el príncipe heredero. 

Versiones señalan que la escena atiende a un momento posterior a la furia desbordada del padre al recibir la crítica política de su hijo, otros dicen que es el resultado de una pelea familiar provocada por la esposa embarazada del príncipe. Lo cierto es que la escena congela un momento de arrepentimiento: la mano que trata de contener la sangre que emana de la cabeza y la mirada aterrorizada de Iván por el acto cometido: haber dado muerte a su hijo, único heredero al trono.

Aporta mucho conocer quien era Iván el terrible, las costumbres de la época y datos sobre el autor de la obra, incluso saber que el cuadro fue atacado en diversas ocasiones. Pero permítame detenerme en el momento personal captado en la mirada. Lo percibo cargado de silencio profundo, de reproche, recuerdos, reclamos, amor y también de perdón.

Roland Barthes señala la presencia de un sentido obvio y un sentido obtuso en la experiencia frente a una imagen. Mientras el primero tiene una carga informativa y simbólica, el segundo es oculto, innombrable, pero presente a través de un acento.

Le confieso que no me canso de ver la obra y a cada mirada encuentro rasgos que me fascinan. El dolor mostrado por Iván en esa mirada, me lleva a sentirla. Como cuando en la infancia hice algo malo, o de adulta crucé límites. Es ese hilo helado que recorre la espalda. Lo hecho. Regresar el tiempo y la imposibilidad. Dice Alfredo Jaar que al arte hay que acercarse para entender el mundo, y estoy segura que es un camino para encontrarnos también a nosotros mismos.


Diana Elisa González Calderón 
Doctorada por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es docente e investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de México.