Carta para una amiga | PRISCILA FUENTES | Julio 2026


Hacer, decir y pensar

Carta para una amiga

Solo cuando te lanzas al vacío de la honestidad contigo mismo, te liberas de las cadenas que te atan.

Hay momentos en la vida en los que el sufrimiento es tan intenso que parece reorganizar nuestra memoria. Dejamos de recordar una historia completa y comenzamos a recordar únicamente aquello que alimenta la culpa. Poco a poco terminamos creyendo que, si hubiéramos tomado una decisión distinta, todo habría sido diferente.

Sin embargo, la vida rara vez es tan simple.

Cuando observamos un acontecimiento después de que ha ocurrido, conocemos el desenlace. Sabemos cómo terminó la historia y, sin darnos cuenta, comenzamos a creer que también debimos haber sabido cómo iba a terminar antes de vivirla. Pero esa es una ilusión, la persona que tomó aquellas decisiones no conocía el futuro; únicamente disponía de la información, las emociones y las esperanzas que tenía en ese momento.

No somos responsables de conocer aquello que todavía no había sucedido. A veces la mente busca desesperadamente un culpable porque resulta menos doloroso creer que todo dependía de una persona que aceptar una realidad más difícil: existen acontecimientos profundamente trágicos en los que convergen circunstancias, decisiones, historias personales y factores que nadie podía controlar completamente.

Eso no significa que las decisiones no importen. Importan. Todas nuestras decisiones tienen consecuencias, pero ninguna persona posee el poder de controlar por completo las decisiones, las emociones y la historia interior de los demás.

Hoy miras hacia atrás con los ojos de quien ya conoce el final de esta historia. Tal vez ha llegado el momento de mirar también con los ojos de la mujer que la vivió. Esa mujer no sabía lo que iba a ocurrir. Amaba. Esperaba un hijo. Tenía planes. Quería compartir una noticia que, para ella, representaba el comienzo de una nueva etapa. Esa mujer no actuó con la intención de destruir una vida; actuó intentando construir una.

Quizá algún día descubras que durante este tiempo no sólo has estado cargando con la culpa. También has estado cargando con varias pérdidas al mismo tiempo: la pérdida de un hijo, la incertidumbre sobre la persona que amas, el proyecto de vida que imaginabas y la sensación de haber quedado sola frente a una tragedia que nunca esperaste vivir.

Ninguna de esas pérdidas desaparece porque alguien te diga que no fue tu culpa, ni tampoco desaparecen porque alguien encuentre un culpable. El dolor no obedece a los tribunales de la razón.

Pero sí puede transformarse cuando dejamos de preguntarnos únicamente quién tuvo la culpa y comenzamos a preguntarnos cómo seguir viviendo sin dejar de honrar aquello que perdimos.

No puedo cambiar lo que ocurrió, como tampoco puedes hacerlo tú. Lo único que todavía permanece abierto es la historia que escribirás a partir de ahora. Mientras exista esa posibilidad, el pasado ya no tiene la última palabra.

Sanar no consiste en olvidar, consiste en aprender a mirar la misma historia sin que ésta destruya la persona que eres en realidad.


Priscila Fuentes González

Versada en seguridad pública, criminología, prevención del delito, derechos humanos, constitucionalidad, gobernabilidad, impartición de justicia y políticas públicas en materia de seguridad. En su tiempo libre es Profesora, Doctorante y Pet lover. “Estoy dispuesta a pagar el precio de ser mal entendida, con tal de vivir una vida de adentro hacia afuera y no de afuera hacia dentro”